lunes, 4 de diciembre de 2017

UNA NAVIDAD DIFERENTE

Londres.  El bus número diecinueve me dejó en el Kings road a la altura de la librería Waterstones.  La nieve hacía su aparición y,  poco a poco, la calle se iba cubriendo. Los taxis dejan su huella en el pavimento, y se pierden en un eco que anuncia la época más esperada del año:  Navidad.
La gente cubierta en sus abrigos, con bufandas en alegres colores y guantes para entibiar un frio día de Diciembre.  Los escaparates de las tiendas  adornados elegantemente, recreando una alegoría con ciervos, árboles, una fantasía botánica,   con el estilo característico de la sobriedad y majestuosidad británica. 
Entré a la tienda por departamentos Peter Jones, donde el esplendor de las decoraciones hacen vibrar a los londinenses y turistas que recorren sus pisos.

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Son las cuatro y media de la tarde, y la oscuridad contrasta con el reflejo de las luminarias y el fulgor de navidad.  Me decidí a tomar un chocolate caliente, ya que mis manos estaban congeladas.  Mientras subía por la escalera mecánica, me saqué la bufanda y me fui observando el ajetreo de  los pisos inferiores.  Había mucha  gente comprando en la sección de comidas, botellas de champaña, trufas de chocolates (las mejores son de charbonnel et walker) y, repentinamente, mi atención se fue a la sección perfumería.  Hombres absortos  eligiendo  la fragancia favorita de su pareja.  Entre el tumulto, me llamó la atención un joven con un lindo abrigo de cachemira azul marino que  acarreaba varias bolsas, entre las que logré divisar:  perfumes Jo Malone y otro de Aqua di Parma.  Nos divisamos con una mirada tímida, sus ojos brillaban.

Llegué al último escalón del sexto piso y me encontré con la cafetería repleta de niños, bebés, amigas conversando.  Divisé a la cantante Lulú.  Y unos cuantos jóvenes con sus pantalones de pana  ajustados y caras limpias, ante una espigada figura que los hace ver siempre elegantes y distinguidos.

Caminé hacia el autoservicio, y ahí estaba Claire.  Conozco a Claire por más de dieciocho años, desde que vengo a esta cafetería.  Claire es oriunda de Filipinas y vive hace treinta años en Londres.  Tiene un hijo de 23 años, que con gran esfuerzo logró titularse de arquitecto. Conversamos, mientras me servía mi chocolate caliente.  Pagué, y sin querer topé a una señora que estaba a mi lado, mi taza de chocolate se derramó,  pero todo tiene solución; y puse una servilleta debajo del plato.  Me fui con mi bandeja a buscar un asiento.  Es grato ver  familias, amigos y parejas, todos reunidos en ese ambiente de Navidad, que trae alegría y, a muchos, una melancolía que los remece recordando  momentos, que muchas veces quieren ser escondidos y silenciados.  Esta cafetería emplazada en el último piso de la tienda, con una vista romántica de Chelsea; que acoge con  unos sillones en cuero negro, apostados contra la pared, y unas mesas rectangulares de vidrio. Los ventanales, enormes permiten observar  gran parte de los elegantes departamentos de  Chelsea.   La nieve cubriendo sus techos y, a lo lejos se ve el campanario de la iglesia, y la torre con un reloj que marca las cinco en punto. A lo lejos, los reflectores  iluminan el cielo londinense.  Es una estela celestial.  Sin darme cuenta, llega un coro de niños con sus voces angelicales que  elevan el espíritu de la Navidad. 

Entre el murmullo, siento una voz que me dice:
  ̶No le importa si me siento aquí. 
  ̶Por supuesto‒ le dije, no se preocupe hay espacio suficiente. 
La mujer de unos sesenta años, muy bien llevados, con unas manos cuidadas, pelo castaño claro, alta, con un cutis sin mayor signo de envejecimiento (más de una ayuda con botox o inyecciones de vitaminas), traía su abrigo en el brazo, lo dejó en el asiento. Deslizó suavemente su bandeja sobre la mesa.  Una ensalada de salmón con rúcula y un vaso de vino blanco son sus preferencias.  Su suéter de cuello alto resalta sus lindas facciones.   Al subir la manga de su sweeter se le alcanza a ver su  elegante y fino reloj.

Los primeros minutos los sentí incómodos, no habla nada, solo unas miradas escurridizas.   Luego de un breve silencio, me atreví a preguntarle,  cómo había encontrado el delicado canto del coro, que nos había deleitado con sus voces.  
‒Extraordinario, sublime.‒ me dijo.  “Es una ocasión de recogimiento y el ambiente  navideño que nos llaman a reflexionar y a tomar un poco de distancia a nuestros problemas cotidianos.
‒Así es, a veces el fin de año se hace una carga en vez de una alegría, pero luego,  si nos ponemos a pensar, que viene un nuevo año con otro folio, con nuevos desafíos, nos viene el alma al cuerpo. ¿No lo cree?
 ‒De todas maneras, concuerdo con usted.  Lo bueno que queda poco  para el  2018.    Este año no ha sido muy grato para mí.  Pero bueno, lo principal es la salud, y esa me acompaña, hasta el momento, magníficamente.
 ‒Yo también he tenido un año complicado.  La muerte de mis padres, un divorcio, una hija que se fue a estudiar a la Universidad y me dejó el “nido vacío”.  Al igual que usted, mi salud, gracias a Dios, es bastante buena.  Debe ser porque he aprendido a gozar la vida con pequeñas cosas, salgo, no me encierro como antes.  Hablo con la gente, voy a diferentes cafeterías, restaurantes, observo y, lo mejor de todo, me alimento de las emociones diarias.  Tengo una casa  cerca de los acantilados en la costa de Dorset, la que heredé de mis padres. Cuando puedo me escapo de Londres y me relajo caminando por la playa. No me quejo.  Vivo bien.
‒Por lo que veo, tiene una vida movida e interesante.  Claro que la ida de su hija y la muerte de sus padres, la deben haber afectado bastante.
‒No sabe cuánto… (Un reflejo nubla su mirada).
‒Comprendo. (La mirada de la mujer despertó ternura, fue el silencio que hizo eco de las palabras).
Después de una conversación larga y agradable, me di cuenta que iban a ser las siete de la tarde.    
‒ ¿Qué rápido se nos paso el tiempo?  Todavía tengo que pasar al supermercado.  Bueno, espero tener la oportunidad de encontrarla en otra ocasión por acá.
‒Claro, por supuesto, le voy a dejar mi tarjeta con mi número de celular, llámeme cuando quiera.  Podemos salir a tomarnos un café o ir a comer.  ¿Le parece?
‒Gracias, la llamaré.  Le dejo,  también, mi tarjeta.

Las dos traspasaron una tímida y gentil sonrisa.  La nieve tenía los techos totalmente cubiertos.  Los parlantes de la tienda avisan que quedan solo quince minutos para cerrar.
Desaparecí rápidamente, tomé un taxi y me fui al supermercado, como siempre me faltaba leche descremada.  Al llegar a la casa, me senté junto a la chimenea y me puse a revisar los mensajes que tenía en el celular.  Mi hija avisaba que ya había llegado a Nueva York a pasar la Navidad con su padre.  Es mi primera Navidad sola, sin mis padres y mi hija.  Una llovizna nubló mis ojos, y  me volvió ese sensación del  corazón apretado.  Es este momento en soledad, del cual tanto añoraba cuando tenía obligaciones y ajetreos diarios, que ahora me pasa la cuenta.  No me gusta esta soledad, la soledad navideña, la soledad en que todos están junto a sus familias y yo con una casa vacía.  Una botella de champaña haciéndome compañía y las trufas de chocolates regalando dulzor a mis noches.
Desperté con el mensaje de mi hija, preguntando con quién iba a pasar la Navidad.  “¿Porqué  no la pasas con tus primas  en Midhurst?”  “No le dije, no quiero estar en ninguna parte que no me sienta a gusto”.  Me había comprado un pavo preparado (un trozo) en Partridges,  y tenía todo lo que necesitaba.  Cuando estoy sola, no me dan ganas de comer mucho. 
Todavía ando en pijamas, son las diez de la mañana, cuando suena el teléfono. 
‒Alo.
‒Bárbara, buenos días, habla Eleonor.  Nos conocimos en la cafetería de Peter Jones.
‒Eleonor, claro, me acuerdo perfectamente, que gusto escucharte.
‒Te quería saludar y saber ¿cómo estás?
‒Que gentil de tu parte, estoy bien, pero…
‒Creo adivinar, tu hija no está contigo.
‒Así es, se fue a pasar la Navidad con su padre a Nueva York.
‒ ¿Y tú con quién la pasarás?
‒Me invitaron unas primas, que viven en Midhurst, pero realmente, no tengo ganas de ir allá.
‒ ¿Cómo vas a pasar sola?
‒Es la vida…
‒Si lo podemos remediar, no hay porque pasar en soledad…
En ese momento la nieve tenía los autos cubiertos, es un lindo espectáculo. El farol de la esquina en mi calle refleja colores dorados en el blanco pavimento.
‒No se hable más, te mandaré mi chofer para que te vaya a buscar.  Tengo tu dirección.  No tienes nada que traer, solo tu alegría.  No acepto un no.
Después de darle un poco de vuelta al asunto, pensé que era un gesto de Navidad que no había experimentado antes.
Empecé a buscar una linda ropa, me sentía como en la primera cita.  Me duché, bien perfumada y sentí una sensación de felicidad, ya entró la calma a mi alma…
La puerta de la casa de Eleonor, adornada, me recibía con esplendor,  un esplendor solidario y sutil.  
 En su casa se respira a pino fresco, acogedor y con acento en la cordialidad, calidez y recogimiento.  -Fuimos a  misa-.  Y, luego el chofer nos trasladó a un hospicio, el cual ella patrocina.  Nos sentamos en una gran mesa donde al costado había un pesebre y un árbol navideño, con su fragancia, encendía la sonrisa de cada una de las personas que allí estaban.  Había vino caliente con naranja y unos tradicionales mince pies navideños.  Los ojos de todas esas personas agasajaban la simpleza de la vida, la voz entrecortada, sus pasos cortos y tímidos.  Mi melancolía momentánea se había esfumado.  Mis pasos eran seguros, me renovaron la fe en la amistad, la solidaridad, y lo bien que nos sentimos cuando regalamos amor.  FELIZ NAVIDAD



sábado, 2 de diciembre de 2017

TABLERO






Ese suspiro trasladó tus maletas al destino.
Las miradas se perdieron en un eterno viaje sin retorno.

El tiempo movió las piezas del corazón  y  el tablero
en  silencio reconoció que todo se mueve por algo.

El silbido de los árboles relató que
no hay sufrimiento eterno.

La majestuosidad del océano 
revivió sus siluetas a lo lejos.

sábado, 18 de noviembre de 2017

MAREA DE TUS OJOS







Suspiro alejando la marea de tus ojos,
resabio  en dos tiempos;
 esfera de una flor en primavera,
regalado perfume,
dedales de oro
florecen,
astucia de tu simpleza,
relajado día,
no escuchas,
atisbas el frescor de la naturaleza.
Eucaliptos musitan el eco de dos voces,
atractivo encuentro frescor de maleza,
risas galopando en el atardecer,
fulgor sin mensaje de texto.


domingo, 1 de enero de 2017

FELIZ AÑO NUEVO 2017

FELIZ AÑO NUEVO 2017

Les deseo un año pleno de alegrías, salud y belleza del alma.  Un año que les brinde lo más profundo de ustedes mismos: su ser.

A los que sufren y están experimentando tristeza, los invito a dejar unos minutos para reflexionar, tomar un libro, salir a caminar y descansar.  Pensar que la vida da muchas oportunidades y tropiezos, pero estamos  aquí para sobrellevar los avatares.  Nada es para siempre.  Llevamos los hombros rígidos, llegará el instante de la tranquilidad y un respiro aunará el sol nuevamente.

El horizonte se llena de almas bondadosas que se esconden en el pasar de los días, en el camino a la oficina, en el metro, en diferentes lugares.  No las avistamos, pero están esperando ser reconocidas para regalarnos una luz.  Tal vez, la luz que esperamos.

No vivamos pegados a las nuevas tecnologías, todo tiene un límite y el límite es sol, el aire, la llovizna, las nubes, los árboles, la naturaleza...

Los dejo con un lindo Soneto de Shakespeare.

XVI

¿Por qué no luchas más eficazmente
contra el tiempo tirano que lastima,
y ante tu ocaso haces resistente
con medios más felices que mi rima?
Gozan tus horas sumos esplendores
y múltiples jardines sin cultivo
tendrían con virtuoso afán tus flores
que ofrecerán de ti el retrato vivo.
Líneas de vida repondría la vida
cuyo interno valor, o gala externa
ni el pincel ni la pluma a ti rendida
podrían galardonar con vida eterna.
      Al darte te conservas un milenio
      pues tu retrato pintará tu ingenio.