viernes, 19 de diciembre de 2008

ATARDECIENDO LA PACIENCIA


Llegando a la ciudad, he visto sólo mar. Eso es. Mar. A mi me encantan los atardeceres. Cuando llegué a esta ciudad puerto, no reconocía nada, los barcos estacionados como automóviles, apilados con sus diversas banderas. Me preguntaba de dónde vendrán todas estas personas. Serían solos. Sin familiares. Ni amigos a quien dar un consuelo o recibir de ellos un aliento. No todo es tan malo. Tengo una pieza que arriendo por poco dinero. La señora Ursula, así se llama, Ursula Medina, la dueña de la casa. Ella es una amable y gentil persona. Claro que no tengo un minuto para conversar. Cansado aterrizo en mi colchón viejo y todo desvencijado, una cama de acero corroído. Cuando salí de mi casa en la Isla, mi madre me advirtió que la vida en solitario para un joven criado con naturaleza campestre es, por decir lo menos, para aguerridos. Yo fui grumete de la armada y sé lo que es tener fortaleza. La fortaleza de estos meses que llegué me ha demostrado que tengo flaquezas del corazón. ¡Si!, me pongo como niño de cuatro años, con lágrimas recorriendo mis mejillas y, poco o nada de papel; porque no tengo pañuelos desechables a mano. Me limpio con mi camisa. Lloro, lloro. Si los hombres también tenemos derecho a llorar. Mi padre me daba unas buenas cachetadas cuando me veía llorar: -Eso no es de macho-. - Anda lavarte la cara, hijito de mamá-. Ahora sí extraño todos los abrazos de mis abuelos, primos y él que me daba más felicidad, mi Madre. Mi Padre fue hosco hombre de su tierra: agachado recolectando papas y zanahorias para temprano llevarlas al mercado local. No ganaba mucho; arreaba alma y fuego. Todos callados en la mesa comiendo, ni media palabra al viento. No soy rencoroso ni criticón. Los padres son para quererlos; no cuestionamientos a sus razones. Soy muy católico y me gusta ir a misa todos los domingos. En éste puerto que parece que los cerros se vienen encima, casas de colores, y cuando llueve parece diluvio. La iglesia local me abrió su afecto, el párroco padre Ángel es muy bondadoso y es él único que me escucha. Trabajo de lunes a viernes en una pizzería en una ciudad balneario elegante, donde cuando me piden la orden de café o comida ni siquiera una mirada, no me ven. Soy invisible. No me preocupa, pienso que esa gente puede o debe tener más problemas de los que yo me invento. Al final del mes cuando recibo mi dinero y voy al correo a mandarle una transferencia a mi Madre, la garganta se me aprieta; mí satisfacción y júbilo. No nací para grumete. Vivo mirando la pared. Destellan mis ojos un televisor viejo que la señal se va a cada minuto. Le pego y vuelve.; no por mucho. La pieza tiene mi vida, me nutre un sándwich con jamón o palta. Tengo una pequeña tetera eléctrica, que me compré con mi primer sueldo. De a poco he ido ordenando la pobreza y el olor a encierro, humedad y dejación. Tengo mis ideas claras. El próximo año estudiaré de noche “comercio internacional”. Quiero surgir y poder ayudar a criar a mis cinco hermanos. Mi madre es una mujer fuerte y sufrida. Se merece un atardecer sentada bajo un árbol en una silla cómoda de un buen hotel, descansando mirando el mar y no pensando que tiene que salir a trabajar o dejar la comida preparada. Tengo vida, tengo alma, cuerpo y tesón. Al final todo llegará a su debido momento, los momentos tardan, aprieta el cuerpo. La paciencia es mi don.

1 comentario:

Alej@ndro dijo...

parece una historia real ... me encantó la facultad narrativa, lo haces entretenido ... mis slaudos,
Feliz Navidad