jueves, 6 de agosto de 2009

HUEVOS DE CRISTAL

-Dos huevos. ¿Y estos huevos de donde salieron?
- No sé.
-¿Estaban en este mueble?
-Sí.
-Cuando lo abrí noté que había algo atrapado en el fondo y no podía cerrar el
cajón.
-Traté de cerrarlo, lo aprisioné. Un bulto o ropa, quizás, estaban haciendo el taco al final del cajón.
-Saqué el cajón. Lo dejé en la cama, me agache, mi cuello estaba totalmente prendido, me costó encorvarme. A pesar del Pilates que hago estoy bien tieso.
-Bueno, ¿y que había en el fondo?
-No lo vas a creer
-¿Qué?
-Eran dos paquetes muy bien envueltos.
-¿Y de qué color era el papel donde estaban envueltos?
-Era amarillo, papel de seda amarillo
-¿Papel de seda y amarillo?
-Bien extraño.
-Lo sacaste ¿y que había?
-Al sacarlo noté lo pesado que era el paquete.
-¿Muy pesado?
-Mucho. Como una piedra
-Cuenta por favor que más…
Al desenvolverlos, me dio pena romper ese papel tan fino, sentí la tersura y suavidad. Además el color amarillo fuerte me destellaba.
Al comenzar a romper el papel, vi algo transparente, como un cristal fino de color azul noche. Y unas figuritas, que estaban adentro, topándose unas con otras; como si bailaran todas al son de un vals.
-¿Y que era al final esa figura?
-Eran dos huevos grandes, cristalinos, azulosos, maravillosos, pesados. El peso no mitigaba su belleza, el peso era su valor.
-¿Valor?
-¿Que valor pueden tener dos huevos de cristal con unas figuritas danzando, o que tú te imaginas que danzan y que están en un cajón todo desvencijado?
Escucha atentamente:
Abrí las cortinas, la pieza de mi abuelo hedía a humedad. Tantos años viendo en soledad dejaron ese olor a humanidad divina, con mezcla a cuerpo, toxinas y envejecimiento. Su cama era muy grande. La habían traído desde Escocia. Les costó mucho entrar el armario al departamento número 24 en Bunhill Row. Tuvieron que contratar una grúa, que por la ventana entrara el armario. No pudieron subir el armario por la angosta escala de la casa convertida en departamento. Eran tres pisos más el subterráneo. Por la escala pasaba una persona topándose el hombro.
Mi abuelo había estado por muchos años en Bunhill Row, de Londres, era su calle favorita.
Nadie vivía por esos rumbos. Todos sus vecinos eran oficinas financieras de la “city” de Londres”.
Todos los días, mi abuelo, cruzaba la calle rumbo al Pub de la esquina. Su cerveza cotidiana era su única compañía con los amigos del bar; que lo conocían por más de tres décadas. Luego de salir del Pub se iba directo al cementerio que estaba al lado de su departamento y, donde sus abuelos estaban enterrados. No era cualquier cementerio; tenía un césped maravilloso entre cada tumba muy bien cuidado y él caminaba por este cementerio como si fuera Hyde Park. Al salir por la otra calle que daba a la estación del metro de “Old Street”, compraba el diario y volvía a la casa a comer su poca variada dieta; que era sopa de pollo con papas y un vaso de vino tinto. De postre una manzana y, luego, a leer en su sillón. Luego, iba a su habitaición y cuidadosamente, habría el cajón de su armario, donde en la parte posterior tenía una compuerta secreta que databa de la época de la Reina María Estuardo. En ese cajón guardaba cuatro huevos “Fabergé” que le había regalado su tío Alfred. El tío Alfred le decía: -“cuando estés en problemas económicos, te acordarás de mí hijo. Si necesitas echar mano a algún dinero, siempre tendrás en estos huevos tu alivio”-. Y así fue que mi abuelo no los necesitó para él. Pero cuando entré a su casa, el día de su fallecimiento, y encontré una carta donde me expresaba categóricamente que nunca me deshiciera del armario de su pieza. Yo no le encontré sentido. El armario estaba lleno de polillas y era hora de su muerte. Pero mi abuelo subrayo varias veces la palabra “Armario”, recuerda hijo ni en las peores circunstancias de tu vida dejes este armario en manos extrañas. Te explicaré porqué. Encontrarás en el cajón numero cuatro, a mano izquierda de la ventana, el cajón que está marcado con una estrella tallada; en ese cajón al abrirlo y sacarlo completamente, al final del hueco del armario, encontrarás una compuerta que al toque de tres golpes se abrirá y ahí obtendrás el alivio de todas tus perezas, indecisiones y malos negocios. La respuesta a tus incertidumbres podrán ser paliadas por algún tiempo. No te olvides, que la vida no repita las oportunidades. Yo te la doy, pero alguien te la puede quitar. Adelante saca el cajón y toca tres veces la compuerta. Anda a mi Pub favorito y toma una cerveza en nombre del buen juicio. Felicidades.
-Amigo, una pregunta, después de todo lo que me has contado:
-¿Qué son los huevos “Fabergé”?...

1 comentario:

cuentapasos dijo...

Bello cuento gracias por compartirlo
Saludos