viernes, 15 de octubre de 2010

ATRAPADOS

La dinamita era mi compañera durante años. El día que mi amigo Juan perdió una pierna, comencé a ver la vida atrapada en un mundo cambiante. Nos sonríe, nos da lágrimas y al mismo tiempo cumplimos sueños inesperados. Desde la lejanía veo todo lo que no vi en el subterráneo de la tierra. A pesar de todo, me gusta mi oficio, sólo lo dejé por mi familia. Hubiera vivido toda la vida bajo esa oscuridad sin importarme nada más. Cuando una pepa de oro brotaba mis ojos eran tentación. Perdí casi todo por la ambición.

Sin darme cuenta el 15 de octubre de 1980 una explosión tuvo graves consecuencias en mi alma. La explosión no era la mina donde mi marido trabajaba de sol a sombra todos los días. Verlo levantarse a las cuatro de la mañana, poniendo algo para comer en su mochila me dolía. Él valientemente, nunca dijo nada. Por más de veinte años hizo todos los días el mismo recorrido. Con un amanecer de colores, caminando por la polvorienta vereda del lado sur de Montegrande, Alberto miraba el reflejo de sus pasos en un lunar de sombra. Al llegar sus compañeros siempre le daban unos pequeños golpes en la espalda, porque lo sabían el más tímido del grupo. El túnel de la mina en Montegrande estaba a más de quinientos metros bajo tierra, era un gran edificio, sin vista. Este edificio que hacía ganar grandes sumas a sus dueños, no tenía la más mínima seguridad para los que dejaban la gota de sudor todos los días. Sus cascos estaban agrietados, saltados; desteñidos y corroídos. Pasaban muchas horas en esa oscuridad. Los desmallados eran puestos en una esquina donde hasta el agua era racionada. La comida tenían que llevarla de sus casas. ¿Era éste el entrante siglo XXI donde Alberto quería vivir? Nada importaba si era para la poca y restringida mensualidad, que siempre retrasada, le llegaba a sus manos. Un cheque cruzado que no podía canjear, por no tener cuenta bancaria. Caminaba dos horas para llegar a Puerto Amarillo para poder cambiar su cheque. Pasaba al supermercado y llenaba el carro para alegrar la cara de sus cinco pequeños. Alberto no tenía más ambición. Lo mejor que les dejaba era la comida. -Si educación no les puedo dar, el gobierno se las proporcionará- Comidos y con buen cerebro llegarán a donde Dios los mande. La mina se ha puesto cada día más difícil, dice Alberto a Margarita, su mujer.
-¿Que te parece si echamos rumbo al sur para otro destino?
-Si tu quieres eso, yo te acompañaré donde sea.
Alberto fue a dar aviso al gerente de la mina que se iría a contar del próximo mes. Los veinte años de trabajo era lo que el Gerente de la mina entrevería. ¿Qué haré con este hombre? -Tendré que darle una buena suma por sus años de trabajo. -Jeremías tu como hombre de confianza quiero que averigües un poco de la vida de Alberto y si hay en él un punto negro que nos pueda traer beneficios. -como diga patrón. -Jeremías sabía muy bien la debilidad de Alberto: la bebida.
En el bar después, de sus duras horas de trabajo, Alberto pasó por unas buenas copas de pisco. Al volver a casa encontró un auto de la policía. Alberto se asustó. ¿Qué habrá pasado con mis hijos o será Margarita? Al entrar a su caso donde emanaba olor a queque de limón recién hecho, un hombre corpulento y de bigotes le preguntó: ¿Usted es Alberto Urtubia? -Si señor, yo soy. -Señor Urtubia en la mina donde usted trabaja hubo un desfalco de $200.000.- Su nombre fue dado como presunto inculpado. -¿Yo?, debe haber un error. Trabajo a quinientos metros bajo tierra, como voy a estar en las oficinas haciendo un desfalco. Es un error. -Tenemos una orden judicial para revisar su domicilio. Entretanto, Margarita abrazada con sus cinco hijos, rogando a la virgen de Guadalupe que le mandara sus bendiciones. Nada fructificó hasta ese momento. La casa se dio vuelta y los policías salieron al jardín. El detective ayudante, Sargento Román dijo: - Señor Urtubia:”Ponga las manos en la nuca por favor” -Alberto fue revisado como cuál criminal. Toqueteado y se le encontraron $200.000.- en su bolsillo izquierdo. Él, confundido; aturdido con alcohol, no pudo balbucear palabra. Margarita se tomó la cabeza y no pudo contener las lágrimas que caían en el regazo de su hija la más pequeña: -Consuelito tenía dos años-. Alberto fue llevado a la prefectura, fue acusado de robo. -El Gerente de la mina fue a visitarlo. - Alberto siento tanto lo que ha pasado. Tu has sido un trabajador intachable por veinte años ¿Qué te pasó? Alberto lo miro incrédulo y no dijo nada. A la salida de la prefectura, el Gerente fue a la Oficina del Detective en Jefe. Y le dijo: -Quiero que esto quede en nada. No se harán acusaciones. -Lo quiero mañana fuera de aquí-. -Jeremías se encargará de sus transferencias- ¡entendió comisario! -Sí señor como usted diga-. El dueño de la mina era el rey todopoderoso. Fumando su puro salió a tomar aire y aliviar su generoso actuar. Al final de cuentas, lo que manda es el billete, -se jactaba-, riéndose; mientras Jeremías, le decía, si señor, como usted diga. Alberto al abandonar esa noche de terror, llegó a su casa sin saber que decir. Margarita no hizo preguntas, sabía de su actuar. Dos semanas después, Alberto, Margarita y sus cinco hijos estaban en el Valle de las Lomas. Alberto encontró trabajo capataz de la Viña Tierra Escondida. Una nueva vida había comenzado, y las huellas de los tropiezos, habían dejado a la familia Urtubia una buena lección: no ser tan confiados. Alberto prometió a Margarita que dejaría de beber. -Sólo una cerveza de tarde en tarde- decía. Sus hijos se veían felices y la familia se unió más. Los hijos mayores entraron a trabajar en las tardes, como ayudantes en la cosecha de la viña. La vida, después de todo, tenía sus agradecimientos.
A pasos distantes quedaba la mina: años de esfuerzo y sacrificios. Pero todo seguía su curso en las áridas tierras de Montegrande…
El Gerente de la mina y Jeremías se tomaban una buena botella de pisco celebrando. “No tuvimos que pagarle un peso al estúpido de Alberto”. Con lo del robo quedó saldada su cuenta de veinte años de trabajo. ¡Lo hicimos Jefe!
Mientras celebraban y tomaban su pisco, hubo una gran explosión en la mina que dejó cuatro muertos y dos heridos. La causa de la explosión la dio el capataz: -Patrón fue terrible, no pudieron escapar, se les vino toda esa masa de tierra encima, y todo fue porque el encargado de la dinamita puso una carga muy fuerte- -Usted sabe patrón que Alberto Urtubia era el encargado de la dinamita y, como experto, nunca le fallo el pulso.

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