sábado, 5 de febrero de 2011

Comedia de contradicciones

Londres, 2005



La llegada se espera para las 19:30 hrs., la casa del señor Embajador luce su reciente pintura, todavía quedan unos andamios por el costado. Eaton place es el sector de las Embajadas. También las celebridades viven a puertas del señor Embajador. Han comenzado a llegar los invitados: El primero en llegar es el encargado de negocios de la República de...y con su encantadora esposa. Lo sigue el honorable miembro del parlamento Sir William... (No me acuerdo del apellido); el gerente general de un banco japonés; el agregado Naval y señora y para terminar una pareja desconocida para mí. Ella tiene una figura espectacular, cara inocente, ojos verdes, pelo castaños y su vestido es color negro. El marido parece discreto y elegante, alto, pelo oscuro, anteojos, terno negro y corbata roja.



YA SON LAS 19:45 VAMOS A TOMAR UN APERITIVO EN LA TERRAZA. VERANO DEL 2005.



Señor Embajador, su casa es preciosa, creo haber visto varias en Eaton place, pero pocas como esta… (Sir William).

Claro, por supuesto, una de las grandes adquisiciones que hizo mi colega Augusto Ochagavía en los años 70. Me creerá que mi prima estuvo en el verano de 1975 y salía al Kings road con sus amigas, las que eran todas francesas. Usted sabe amigo mío que las señoritas francesas son muy amigables…

En la terraza corría la champaña y los canapés de salmón y espárragos. El Embajador caminaba hacia sus invitados procurando un ambiente encantador. Su señora se reía y disfrutaba de los últimos chistes de sus amigas.

Amigo mío, acércate, por favor te quiero presentar agregado naval, temerario marino que conocen estas tierras. “Un gusto, me parece haberlo visto en la parada militar del año pasado en su país”. -Si puede ser-, dice el agregado naval. Su porte era ejemplar, y sus palabras cortas y distantes. Su carrera militar no encumbró las velas de la embarcación, pero se mantiene. El almirantazgo duda de su capacidad conciliadora y de mando…

Al pasar a la mesa, una gran mesa, con mantel de damasco candelabros marcando la remarcable concurrencia a la mesa del Embajador y un toque de alegría con un arreglo de rosas amarillas pálidas en el arrimo lateral. Los comensales conversaban animadamente, mientras el vino blanco era servido en unas copas de baccarat.

¿Puedo hacerles una pregunta? Dijo el Embajador.

¿Qué diarios leen el día domingo?

El marino contestó: A mí me gusta “The Times”, claro que recibo “El País” y compramos el “Sunday Telegraph” de vez en cuando.

Para mí no hay nada mejor que el “Sunday Times”, dice Sir William.

No concuerdo con ustedes, dice la señora desconocida, sexy y de marido elegante, para mí tiene que ser el “Telegraph”. Cómo pueden leer un diario como el “Times” que es de ideas socialistas y les da duro a los conservadores. No lo soporto, estos magnates que se adueñan de la prensa y hacen de su presa a cuanto diario familiar existe en el globo. Al diablo con ellos.

Amiga mía no suba los ánimos, salió elocuentemente y con fineza diplomática el Embajador. Yo creo que los diarios son un gusto muy personal. Si ahora yo leo muchos diarios como “The Sun”.

Vean la página tres…qué mujeres, te arreglan el día. Replica el marido elegante.

Hay amor, cómo puedes decir eso, no creo que el Embajador ponga sus ojos en esos pasatiempos…

Estás equivocada amiga mía, adoro los diarios corrientes…

El día que me retire de la carrera diplomática, que será pronto. Mi vida se replegará a una circunferencia de escritorio, computador y diarios triviales…además recrear la vista es lo mejor que puede tener el ser humano. Levantemos las copas… ¡Por los diarios triviales¡

Todos alzaron sus copas y las miradas traspasaron la mesa quedando atrapadas en el arrimo con las flores.

Qué flores más lindas…dijo la esposa del marino.

Yo tengo el mismo tipo de rosas, las cultivo hace años; me gané un premio en el último festival de la rosa que hubo en “Midhurst”, dijo la mujer de Sir William.

Bueno, Bueno mis queridos amigos, pasemos a tomar un bajativo. La señora del Embajador los condujo al salón principal. Un gran cuadró de Miro encendía la sala. El mozo les preguntaba lo que se servían. Las mujeres comentaban el último embarazo de una de las artistas pop más importantes del Reino Unido. Mientras los hombres en un rincón fumaban sus puros comentando el último triunfo del equipo de cricket en Australia. En un momento se acercó el marino.

Embajador quiero tener una palabra con usted, por favor.

Claro hombre por supuesto. ¿De qué se trata? Algo de trabajo…

Sí, se refiere al trabajo. Hay una persona en la Embajada que me comentó de su retiro.

No fue oportuno, dice el Embajador.

No tiene que preocuparse no sabrá el nombre.

Es mejor…no enterarse de los desleales y deslenguados.

Quiero pedirle si me puede recomendar con el Comandante en Jefe de la Armada para poder ascender el próximo año. -Serán sólo cinco los nuevos almirantes-. Yo puedo echarle una ayuda cuando esté en retiro Embajador. Desde arriba veré las luces con mejor espectro.

Creo amigo mío que hay un error de apreciación en la estrategia usada.

¿Porqué señor Embajador?

En primer lugar, no soy estúpido, en segundo no uso mis buenos contactos para cualquier gente.

Me está llamando poca cosa. Replica el marino.

No, no, se equivoca. Usted es un valerosos marino de la República; merece estar en el alto mando. No seré yo el que haga las peticiones ni formule palabras de distinción para su ascenso. -Eso se lo dejo a sus colegas-. Yo tengo que poner mis monedas a buen postor…

Gracias infinitas por sus buenas razones. De palabras cortas, el marino dejó que su lengua fuera más allá de su corazonada.

La noche era estrellada, Sir William alababa los veranos londinenses.

Creo que no hay mejor ciudad para pasar el verano. Londres en Verano es para caminar y disfrutar de lo que no vemos en el año.

Amor, dice la mujer elegante, ¿qué te parece si vamos a bailar a “Rafles”?

Estupenda idea, amor, genial.

Amigo Haruki, ya que no hemos estrechado vínculos, que le parece si vamos al “Rafles”, dice la mujer de Sir William.

Haruki, sonrió e hizo una pequeña reverencia, con encanto japonés los siguió. La noche parecía estar en su encanto. La música desbordaba y en los sillones Haruki con un gin and tonic disfrutaba del escote de la señora de Sir William.

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