sábado, 11 de febrero de 2012

Escritorio misterioso


Tocaron el citófono, era el encargado de la casa de subastas.
Mi amigo James tomaba su café que compró al frente del departamento en el “Costa Café”.
-Adelante, por acá por favor.
-Estos jarrones son realmente valiosos, le puede sacar buen precio.
-La cama realmente no vale nada, desvencijada, la madera no es de lo mejor…
¿Y el escritorio?, pregunté
-Déjeme verlo, se agachó, lo inspeccionó detalladamente, pasó la mano por la superficie.  “Este escritorio está con termitas, imposible llevarlo”.
-Que lástima, pensé que podíamos sacarle un buen precio…
-He visto todo lo que tenía que revisar, le haré llegar nuestra propuesta y le avisaré para que pase por nuestras oficinas.

Me quedé decepcionado, el escritorio era mi carta de suerte y ahora veo que no vale nada, tendré que tirarlo a la basura.
Mientras pasaban los días, más miraba el escritorio y me traía los recuerdos de verlo sentado leyendo, con su lupa mirando el atlas o las revistas de comics. Él era un hombre con sentido del humor, respetuoso, gentil, espigado, ojos azules, siempre vestía en forma conservadora, a pesar que sus intereses eran infinitos: lectura, cine, campo, animales, pesca, tenis, golf y ahora último había descubierto la computación.  Mi abuelo era un excéntrico de todos los tiempos…

Lo Revisé, era una pieza única. Fino de una madera de nogal no muy oscura, y los cajones de las esquinas, tallados con una estrella.  Abrí el del lado izquierdo pero se me atascó.  Traté de cerrarlo,  lo aprisioné.  Nada.  Lo saqué por completo.  Me agache, mi cuello estaba totalmente prendido, me costó encorvarme.  A pesar del Pilates que hago estoy tieso.
-Bueno,  ¿y que había en el fondo?, Preguntó James
-No lo vas a creer
-¿Qué?
-Eran dos paquetes muy bien envueltos.
-¿Y de qué color era el papel donde estaban envueltos?
-Era amarillo, papel de seda amarillo
-¿Papel de seda y amarillo?
-Bien extraño.
-Al sacarlo noté lo pesado.
-¿Muy pesado?
-Mucho. Como una piedra
-Cuenta por favor que más…
Me dio pena romper ese papel tan fino, sentí la tersura  y suavidad.  Además el color amarillo fuerte me destellaba.
Me encontré con  un huevo con  una superficie labrada en formas simétricas y todo en oro, además de incrustaciones de zafiros y diamantes.
-Eran dos huevos grandes, azulosos, maravillosos, pesados. El peso no mitigaba su belleza.
-Has sido el único que le ha tendido la mano a tu abuelo y él te retribuye así. Replica James.
No lo miro por el lado material, yo tengo bastante.  Creo que él fue un hombre práctico y qué mejor que dejar los valores en la familia ¿no crees?
Como era su único nieto en Londres, tuve que hacerme cargo del funeral y  liquidar su patrimonio.  Llamé a una casa de subastas y me hicieron un estimado de las cosas más valiosas.  Se llevaron la mayor parte de las antigüedades, jarrones, cuchillerías de plata, porcelana, etc., pero al llegar al escritorio, me dieron un rotundo” esto no vale nada, tiene termitas”.  El hombre con su “tablet” en mano, anotó los detalles.

Abrí las cortinas, la pieza de mi abuelo hedía a humedad.  Tantos años en soledad dejaron ese olor a humanidad divina, con mezcla a cuerpo, toxinas y envejecimiento.  Su cama era muy grande.  La habían traído desde Escocia.  Además, un armario de caoba.  No pudieron subir el armario por la angosta escala de la casa convertida en departamento.  Eran tres pisos más el subterráneo.  Por la escala pasaba una persona topándose el hombro.  Contrataron una grúa para subir el armario, la cama, los muebles y el escritorio.

Mi abuelo había estado por muchos años en el 24 de Alderney Street.  Desde su llegada de Escocia, le faltó el campo y la pesca, que era su afición favorita.  Londres luego se convirtió en su ciudad amiga.

Todos los días,  cruzaba la calle rumbo al Pub de la esquina. Su cerveza cotidiana era su única compañía junto a los amigos del bar que lo conocían por más de dos  décadas.  Luego de salir del Pub se iba directo al cementerio cerca de su departamento, donde sus abuelos descansaban.  Tenía un césped maravilloso entre cada tumba. Él caminaba por el cementerio como si fuera Hyde Park.  Al salir por la otra calle que daba a la estación del metro, compraba el diario y volvía a casa a comer su poca variada dieta: sopa de pollo con papas y un vaso de vino tinto.  De postre una manzana y, luego, a leer en su sillón.

En la esquina del gran salón del departamento, adornado con cortinas color mostaza, mirando los jardines del parque, su escritorio de nogal, victoriano, lo esperaba con su correspondencia, las fotos de sus hijos, lápices de colores y el más fino y delicado papel de carta estampado con su dirección.  Su colección de estampillas era gigante, tenía de todo el mundo y sus amigos le proporcionaban las pocas que en estos tiempos se podían encontrar.

Cuidadosamente, abrió el cajón de su escritorio, estiró su brazo y en la parte posterior una compuerta secreta se desplegó.  Aparecieron dos huevos “Fabergé” que le había regalado su tío Alfred.  El tío Alfred le decía: -“cuando estés en problemas económicos, te acordarás de mí.  Si necesitas echar mano a algún dinero, siempre tendrás en estos huevos tu alivio”-.  -Y así fue que mi abuelo no los necesitó para él-.  Pero cuando entré a su casa, el día de su fallecimiento, y encontré una  carta donde me expresaba categóricamente que nunca me deshiciera del escritorio.   Yo no le hallé sentido.  Mi abuelo subrayo varias veces la palabra “escritorio”, decía:   recuerda, ni en las peores circunstancias de tu vida dejes este escritorio en manos extrañas.  Te explicaré porqué.    El cajón a mano izquierda de la ventana que está marcado con una estrella tallada; en ese cajón al abrirlo y sacarlo completamente, encontrarás una compuerta que al toque  se abrirá y ahí obtendrás el alivio de todas tus perezas, indecisiones y malos negocios.  La respuesta a tus incertidumbres podrán ser paliadas por algún tiempo.  -No te olvides, que la vida no repita oportunidades-.  Yo te la doy, pero alguien te la puede quitar.  La carta continúa: “adelante saca el cajón y toca  la compuerta; anda a mi Pub favorito y toma una cerveza en nombre del buen juicio.  Felicidades.

Después de escuchar atentamente la fascinante historia, comenta James,  me queda una duda:
-¿Qué son los huevos “Fabergé”?...