viernes, 7 de diciembre de 2012

ESCRITO EN EL MURO


                                           

            Mi dormitorio miraba a las pistas de rugby y cricket.  Norman no estaba en la habitación cuando encontré el escrito en la pared:
            "París-Deauville (GSL).  Llaves locket donde llega el tren, vuelta de la brisa del mar. Traspaso de dominio.  Señor Burton.  Valparaíso.  Cerro Concepción T22”
              ¿Qué es esto?   A mis diecisiete  años, alumno de un  colegio Interno era algo inusual.  Creíamos sentir los pasos de muchos conspicuos predecesores por los pasillos.  “No me hablarán de fantasmas”, nos decía el Director.  Esta extraña sensación de haber encontrado el escrito en el muro, me llevó a soñar que me transportaba a otros países en busca de la clave.

             -Norman no supo-.  Abrí mi cama que estaba apostada en la pared, ya que era la pieza más antigua del colegio.   Norman dormía en la pieza continua. 
            -“Hey Robin donde fuiste que no te encontraba…”
            - Mandando  un mail a tu amorcito…
            -No estúpido, sólo leía algo escrito en la pared…
            -Que tontera, en la pared.  Bueno, viendo lo anticuado de esta habitación podemos encontrar hasta un dinosaurio, je, je, je.
            Norman era visto en el colegio como un alumno regular.  Su salvación era el drama; en cada presentación los aplausos caían sobre él.
             Pasaba  el tiempo en su computador.   Yo no soy tan aficionado a la tecnología, prefiero un buen libro de historia.  Mi memoria almacena  los discursos de Winston Churchill.  Quiero entrar a Cambridge cuando termine el colegio.  Norman es gracioso y buen amigo; un poco frívolo, como la mayoría de los que pasamos por estas aulas.  Claro, no se confundan, frivolidad no es sinónimo de estupidez.   La frivolidad en un colegio de este tipo es esencial para convertirse en un “hombre de mundo”.   Norman se esforzaba en filosofía…Encontraba el existencialismo de Sartre un buen compañero de lectura nocturna.
             -Los franceses complican más las cosas…nos calientan la cabeza, claro que son bien  románticos-, Suele decir.
                        La escritura encontrada en la pared donde se empotraba la cama fue testigo por años de todo tipo de alumnos:   desde el hijo de un Príncipe, Duque, banquero o hijo de vecino con una herencia.   Las puertas del colegio recibían a la elite del país y el extranjero.   Los jóvenes ingleses somos una clase aparte, en lo que a educación se refiere.  Claro, son pocos los afortunados.  Era tradición no borrar las huellas de la historia.   La persona que dejó el escrito en la pared, firmó con el año 1938.  ¿Cómo lo supe? -Me lo contó el cocinero del colegio-.  Al escuchar mi historia, recordó que muchos recipientes del mensaje,  abrieron la cama y se encontraron con el dilema:   ¿descifraré el mensaje?
            -He visto pasar tanto niño sorprendido por este escrito en la pared, y al final se desconciertan y no hacen nada-, -Esa cama produce una catarsis- Dice el cocinero.
            -¡Catarsis!, ¿Cómo?,  Dice Robin.
            -Es un estado de purificación, basado en la imaginación de los niños.  Seguro que la escritura en la pared tiene algún poder especial que recubre magia en los niños que abren la cama.  He notado los cambios…Simon era un niño solitario y triste.  El día que llego a la pieza y abrió la cama, su sonrisa brillo y la alegría encontró su corazón.  Luego Peter, sufría de un extraño tic nervioso, siempre llevaba su mano a la oreja y se rascaba y sin parar.  Al tiempo Peter no llevó más su mano a la oreja.  Su tic desapareció.  Al  escuchar las historias,  Robín fue enterrándose en su asiento y sus ojeras se  hicieron profundas, creyó que algo cambiaría en su organismo. –Sí, es mi obsesión por los helados-. Al volver a su dormitorio abrió la cama con mucho cuidado, la bajó lentamente, ya no crujía como en el 1938, otros vientos recorrían la pieza, la ventana mirando hacia un gran parque donde jugaban cricket.  El cielo se movía en forma de grises pasando por claros celestes y luego la neblina ocultó todo.  El dormitorio tenía un pequeño escritorio donde Robin repasaba sus materias preferidas, y  sus ojos se distanciaban a kilómetros de su vida.  ‘No me puedo sacar la anotación en la pared’.
El padre de Norman estudio en aquí, así lo hicieron su abuelo, bisabuelo y otros parientes de la familia.  Era una tradición.  La familia había perdido su fortuna en  fondos de inversión de riesgo.   Norman pagaba los altos precios del colegio, gracias a un fideicomiso que le dejó su abuelo.  “Si no fuera por mi abuelo, estaría con toda la vulgaridad apozada”.   Mi amigo no es para vivir una vida normal, su burbuja no lo deja escapar.   No soporta los pubs. “El pub es de gente ordinaria”.  Yo frecuento sólo los pub de campo, campo;  ya que son dónde va la gente como yo.”  Sus pantalones tipo cigarro de pana color frambuesa, su camisa de fondo blanco con cuadros verde oliva  y zapatos mocasines hechos a mano eran la presencia de un príncipe.  Norman era un príncipe en las nubes, él sabía que su dinero le alcanzaría hasta la universidad.  No pasaría mucho tiempo que tendría que laborar como todo ser normal.   Le gusta levantarse tarde, salir a pasear sus perros.  La cacería es su pasión.  Ahora último es invitado, ya que su padre no puede gastar lo poco que les queda.  En su casa todo se raciona.  Generalmente se come tallarines con pesto en la cocina, ya que la calefacción no se puede encender en el comedor.  El living es un verdadero congelador.  -Claro que el estilo es lo último que se pierde.-
Quién será el señor Burton  y el locket, porque parece que todo esto es en una estación. En la penumbra de las noches frías, mirábamos los árboles contornearse, el viento se enfilaba por la ventana que quedaba un poco abierta.  “El aire fresco es lo mejor para la salud y para no tener malos pensamientos…sobre todo los jovencitos libidinosos…” es lo que decía el jefe de nuestra casa.
             El colegio,  cuna de grandes héroes de la historia desde Winston Churchill y otros celebres ciudadanos de la humanidad, que al igual que nosotros se levantan al alba para una fría ducha y  tomar un buen desayuno. - El cereal es lo que me más me gusta-.  Cuando hay frutas frescas los días viernes lleno mi plato con frambuesas y un poco de crema. Luego un  chocolate caliente y huevos revueltos con tocino.  Todos los días tenemos  deportes: cricket, rugby, atletismo, tenis, natación, etc.  
       Nos gusta mucho el futbol, nuestros equipos favoritos son el Arsenal y Chelsea. (Claro que antes era mal visto ser aficionado al futbol). Norman tiene un palco que es de su tío Freddy, vamos una vez al mes a los partidos.  Gritamos como locos…nos encanta el buen futbol. Él  practica tenis, lo mío es rugby. Empezaré a jugar golf muy pronto.  No estoy viviendo una historia peculiar,  es realmente peculiar.  He vuelto al dormitorio, donde encontré escrita esas frases.  ¿Pertenecerían algún soldado?  Me puse a buscar Valparaíso en Google  Earth, es un puerto magnífico, un poco arruinado por el tiempo, pero atrayente.    Tengo unos amigos poleros que viven en Santiago y otros en Buenos Aires.  No conozco Chile, pero por las fotos que he visto es un país con historia joven y bellezas naturales.   Los ingleses han tenido presencia en el siglo diecinueve.  Es una lástima que el ancla no hizo historia en  Valparaíso.  Este señor Burton que me proclama el código tiene que ser alguien importante o que sabe mucho…

            Las  manos y pies no se sienten.  Salimos con la nieve a comer una hamburguesa con papas fritas, la comida del colegio no era suficiente para unos comilones y enérgicos jóvenes.  El “Tea Room” de Mrs. Kendall era el sitio ideal para dejarnos ver, ya que mirábamos a unas chicas que venían con sus amigas todos los jueves, el día que los deportes mataban de hambre y sed.  Las jóvenes entre 15 y 17 años lucían sus pelos brillantes, seda para el ojo, sus vestimentas ajustadas realzaban nuestras inquietudes varoniles al punto elevado.  Yo sentía escalofríos al verlas sentadas con sus faldas que dejaban ver unas piernas torneadas, hermosas y carnosas.  Norman se fijaba más arriba y que tuvieran un “derriere” enérgico.  Me enamoré un jueves 3 de febrero.  La palidez de nuestras caras entumidas que tenían el desvelo de fuego.  Lucy era de pelo color miel, ojos azules y piel tostada.  Sus rasgos eran finos y su porte elegante, más que todo era el tono de su voz y la expresión de sus ojos.  Las noches revolvían mis sentidos.  Claro que mis recuerdos brincaban entre la clave dejada en la pared y lo maravilloso que era pensar en Lucy.

            Entre mis averiguaciones encontré a un H. Burton en Valparaíso y la dirección es en  el cerro concepción, puede que sea un hijo o pariente del señor Burton que yo busco o será tanta la coincidencia.  Al final, me investigaron en Chile y el señor Burton es hijo del hombre que  está escrito en la pared.  ¿Cuál será  la conexión con el alumno que estuvo en el año 1938?  Fui a los anales del colegio y busqué a todos los alumnos de ese año y encontré que hay tres personas que venían de Sud América.  Dos argentinos y un chileno.
           
El tiempo diluye las impresiones no las obsesiones, lo mío se transformó en lo último.

Han pasado unos años desde que ingresamos a la Universidad,  Norman fue el que dio la sorpresa estudió “Historia del Arte” en Cambridge.  Yo quedé en Oxford y estudio “Historia Contemporánea”.  El último año ha sido complicado, los estudios son atropellados  por las fiestas y la buena vida. Mi  amigo Fred Winston tiene su casa familiar del siglo XVIII en las cercanías de Oxford.  Vamos los fines de semana.  Generalmente, tiene muchos invitados y jugamos juegos de mesa, croquet y en la noche bailamos.  Las comidas son la mejor parte.  Cordero asado con papas al gratin, verduras y el postre: merengues rellenos con frambuesa y crema.  Los vinos de la cava, claret  y mi favorito “Pouligny Montrachet”.   Quesos y  oporto.  Al final un buen puro con la mejor conversación.  Gente tan interesante recorre esa casa, una escritora que se dedica a la historia de los Tudores.  Ella es especialista y ha estudiado la dinastía por años.  A mi lado, Harold Forsyth un gran dramaturgo que trabaja actualmente para una nueva película basada en “Los Normandos”.  No todos los invitados son ataviados de intelectualidad.  Me encontré con una joven francesa que es periodista pero no ejercía.  Después de ver tanta gente con historias, Marie, que es su nombre me contó que su interés era ayudar en un hospicio de niños abandonados a las afueras de París.  “Dejé mi profesión el día que encontré a un niño sentado en la puerta del cine cerca de mi casa.  Era una noche que el cuerpo no se sentía y la pobre niña no tenía abrigo y tiritaba”.
Hace años que alguien no me interesaba tanto, Marie fue un aire nuevo en una vida insustancial.  Desde que encontré ese mensaje en el  colegio, no he podido liberarme, es cómo si una fuerza del más allá me absorbiera; y a la vez me retrocediera.
Primero tengo que pensar en la frase original: “París-Deauville (GSL), llaves locket, traspaso dominio. Sr. Burton, Valparaíso, cerro Concepción t22”. Por lo que pude averiguar el Señor Burton es Inglés y vive hace muchos años en Valparaíso.  Su amigo y compañero de colegio chileno, al ubicarlo, me dio algunos indicios de la vida de Burton, pero él no lo ha visto por años.
Ya que Norman no quiso seguir con la investigación, le conté todo a Marie.  Sus ojos resaltaron el brillo de quién sueña con la aventura.  “¿Robin, crees que yo te pueda ayudar?”.  “Claro, por supuesto, te lo iba a pedir.  ¿Estarías dispuesta a vivir esta aventura?  Yo, feliz,   Dice Marie.
-Vamos por pasos: GSL, París-Deauville, significa que debe ser la estación de trenes de la Gare Saint-Lazare en París, de ahí salen los trenes dirección Deauville. Ya tenemos eso claro, ahora...
-Claro, Marie, exactamente, debe ser eso, ahora tendremos que ir a la sección de los lockets y buscar el número 2002.
El viaje en el Eurostar, siempre es un placer, salir desde Londres con olores curiosos y atravesar las estaciones grises en el camino, las casas de ladrillo y los grafitis apostados en la entrada de los túneles para aterrizar al campo francés, desordenado a la entrada de Calais con casas arruinadas y un gris carboncillo, luego el paisaje se va moldeando y como los pintores retratando los atardeceres de colores, llegamos a París.

Tomas un taxi y llegamos a la Gare St. Lazare. Ese bullicioso París de las motos, y los bocinazos por todas partes.  Las “Brasseries” luciendo siempre su misma decoración, la gente en la calle tomando el café de la mañana.
Nos fuimos directamente a informaciones en la estación y nos indicaron donde se encontraban los casilleros.  La pregunta de Marie fue evidente:
-¿Para qué queremos el locket si no tenemos la llave?
 Marie, tengo alma de detective.  Cuando plegaba mi cama hacia la pared en una esquina de la muralla encontré un tabique de madera de diferente tono al color roble.  Al tomar el tabique pequeño que estaba suelto, lo saqué lentamente y pegado al fondo encontré una llave adherida a una cinta plástica.  La llave tenía una t y el número 22.  –“Eso es genial, dice Marie”.-  Ahora,  Robin nos falta saber porque los números 2002. 
Al llegar a los lockets fuimos mirando la numeración, mientras sedientos bebíamos una coca cola light. - Aquí, aquí está es el número 2002-.  Insertaron tímidamente la llave, al principio no entró.  “Déjame probar, dijo Marie”.  Bingo…tuve suerte Robin.
Se notaba que el casillero no había sido abierto por muchos años.  Pero cómo una persona del año 1938 había dejado la llave en el tabique al costado de la cama del colegio.  La única verdad nos llevaría a Valparaíso para poder develar el misterio de la llave.
Adentro del casillero  había unos documentos, fotografías en blanco y negro y una carta.
La abrimos, y decía:
                       
 Mí querido hijo:
                                   
“Hace años que quería dejar esta nota en tus manos, pero por circunstancias de la vida no pude realizarlo.  Cuando tu Madre falleció me prometí dejarte en buenas manos y es por eso que fuiste criado por mi hermano Robert.  No creas que fue cobardía de mi parte.  No, realmente el valor me lo puso la tristeza y las lágrimas cuando cerré la puerta de la casa, que después se convertiría en tu hogar.  Mi hermano Robert te consideró uno más de la familia y sus hijos fueron tus hermanos.  Yo he sido un hombre del mundo.  Después de la India partí para Chile, no he parado de descubrir nuevas tierras.  Como no tenía la certeza que esta vida sería la mejor para un niño de tu edad, te dejé con mi hermano, claro que los años pasaron y la vida me arrastró por otros rumbos.  Te confieso que hubiera querido traerte a estas tierras que me han acogido, pero no creía que era lo mejor para ti.  El tiempo podrá corroborar que todo lo hice para que te criaras en un hogar bien constituido y no sufrieras los destierros que desgarran el alma.  Hijo mío todo lo que tengo es una propiedad en el cerro Concepción en Valparaíso.  La dirección es Templesman número 22.  Todo está registrado en la Notaría local.  Te dejo el certificado de bienes raíces como comprobante de tu propiedad.  Nuevamente, el tiempo no fue descuido, no quise entorpecer tu crecimiento.  Sé que te dijeron que había muerto, pero fue para mejor.  Tu vida debe ser la de un caballero inglés.  Y la educación que tendrás será el pasaporte para tu vida.  Si tuvieras la fortuna de verme vivo sería una alegría y un abrazo nos revertirá el pasado.

                                   Tu Padre.



Barrio de Chelsea, Londres, 16 de octubre 2008

            Norman, hijo, veo que la universidad  ha sacado lo mejor de ti.   Hace tiempo que quería  tener una conversación contigo.  Veo que ya tienes tu práctica en un banco de inversiones, y eso me llena de orgullo.  No perderás una fortuna como yo…Bueno, lo que me trae aquí es contarte una historia. 
            -¿Historia?, dice Norman
            -Aunque te parezca extraño, hay algo que ha sido un secreto en la familia por muchos años.
            -¿Y qué es ese secreto Padre?  -Qué puede ser tan misterioso-.
            -Mira cuando tú eras un bebé fuiste traído a nuestra casa por mi hermano Harold.
            -¿Me estás diciendo directamente que yo no soy tu hijo?
            -No lo tomes así.
            -Y cómo quieres que lo tome.  Si después de tantos años me lo dices tan directamente, es un vaso de agua fría en la cara…
            -He sido cobarde.
            -¿Cobarde?  Creo que el cobarde es mi verdadero progenitor que no ha tenido el valor de presentarse.  ¿Está muerto?
            -No.  Vive.
            Después de una conversación tensa y emotiva, con las lágrimas de Norman sesgando el corazón, su Padre lo miró fijamente a los ojos:
            -Norman, lo siento.  Fue tu destino.  Ahora tendrás la oportunidad de encontrar a ese Padre que desapareció porque pensó en tú bien.  Se borró por amor.
            -No quiero que me cuentes más, sólo dame la dirección e iré en su búsqueda.  Antes, dime y mi Madre, cómo murió.
            -Murió en un accidente automovilístico. Era una mujer maravillosa, elegante, y muy inteligente.   Gran conversadora y amante de la poesía.  En su mesa de noche tenía los poemas de “Apollinaire”. 
            -Mi libro favorito, dijo Norman.  
            -Tu Padre traía el libro junto a tu ropa cuando llegaste a nuestra casa.  Y tú siempre lo atesoraste.  Incluso en el colegio lo tenías en un lugar privilegiado.  La sangre lo dejó marcado para que acompañara los pasos de tu vida.
            Y al cerrar la puerta, Norman miró por la ventana cómo su Padre se alejaba.  Su nube en los ojos lo hizo recordar ciertos detalles de su niñez que ahora podía comprender.  “Es por eso que la soledad en el colegio interno la superé gracias a Robin.  Mi Padre ha sido generoso, frívolo y altanero.  Yo soy igual, sin embargo una fuerza me hacía replegar esas conductas.  Y el colegio me producía una atracción en que las noches frías y grises me arropaba de melancolía.  Nada que remediar.  Ahora tomaré el pasado en mis manos.

Al salir de la casa, la lluvia mojaba su cabellera y los ojos repletos de gotas le provocaban una irremediable tristeza.  “Quería correr, correr y no parar, arrastrarme por el suelo y volver a tener una niñez lejos de las verdades, lejos de la suplantación de identidad, de la mentira, no quiero ser escondido”.  Iré tras mis huellas, porque se esfumaron sin  que yo decidiera.  Ahora comprendo a mi  padre adoptivo, mi tío no tenía ese calor, ese afecto, cuando le hablaba me ignoraba, a pesar de su carácter educado para no sentir ni dejar sentir, él me producía lejanía.  Los abrazos no eran abrazos, la penumbra siempre revestía la habitación de silencios.  Largas caminatas con los perros, ellos me comunicaban más calor que esa casa inhóspita llena de chimeneas, que sólo eran el adorno de un corazón que no podía expresar un cariño carnal. 

Mientras Marie y Robin descifraban todo el misterio en la vida de los Burton, fueron uniendo la claves para darse cuenta que lo mejor era ir en busca de Norman y contarle toda la verdad.  Las cosas se alivianaron cuando de vuelta a Londres comían en el  Restaurante favorito de Robin, “ComoLario” en Holbein place, barrio de Belgravia.  Los tres somos aburridos para comer y los tres pedimos: Prosciutto con frutas de la estación, seguido de “risotto” de champiñones y de postre helado de mango.  Nuestra noche fue alegre, no veíamos a Norman hace unos meses.  Mi primera impresión fue que su mirada era pensativa y lejana.  Su elegancia se sentía al pasar, las mesas colindantes respiraban cuando Norman pasaba, él dejaba una estela de fineza.  Después de una velada de reencuentro, tuve que romper el hielo, preguntando a Norman, que si sentía bien.  –Te he encontrado un poco pusilánime, dice Robin.
-No de ninguna manera, han sido unos días cansadores en el Banco, nada más.
-Marie como siempre observaba, su pensamiento volvía a la clave, las fotos, la carta.  Le daba pena que Norman tuviera que pasar por una verdad tan fuerte. 
-Norman, lo que te hemos contado nos duele mucho.
-No tienen que sentirse culpables, ya sabía todo…
-¿Cómo?
-Mi Padre me contó todo. (mejor dicho mi tío).
-No quiero que sientan tristeza por mí, no deben.  Lo que sí quiero es que me acompañen a Chile.  ¿Podrían hacer eso por mí?
-Por supuesto, amigo, estamos para ayudarte.
-Una pregunta que me asalta, ¿quién les contó? Pregunta Norman.
-Te recuerdas la cama del colegio, los escritos en la muralla, bueno, yo me impuse descubrir qué había en esa clave que fue dejada por años.  Tú no tomaste atención y te reías de mi obsesión.  Y al final la obsesión nos llevará a tu Padre.  La vida se consuela cuando los misterios brotan una verdad lejana, una risa olvidada, una  madre o padre olvidados o rezagados por circunstancias del destino.  Yo tenía la conexión de tu vida y he podido dar con la clave que se engendró en mi corazón para devolverte ese eslabón que no está perdido, sólo dormido.
-A la salida del restaurante, un abrazo fraterno sello la amistad y los ojos brillaron, iluminando la noche y la calle que el día antes había sido azotada por un gran vendaval.
Las semanas escurrieron la espera;   en dos días más se embarcaban a Valparaíso recitando en sus calles poéticas de cerros atochados de gente y multicolores postales.  Los ascensores crujiendo la añoranza de un pasado  que resucita en el rumbo adulterado por la mano del hombre. 

La llegada a Santiago de Chile fue un verano caluroso, el cielo nítido y esa Cordillera majestuosa.   El aterrizaje nos dejo a los tres una sensación de venir al reencuentro de una parte del destino, que todos alguna vez podemos ocultar  o se nos ha ocultado.  Un destino que en el engendro no tiene rumbo y al salir a la luz, a veces enceguece y otras nublan  y, al final, siempre encuentra la verdadera razón del existir.  Norman tenía esa cara que refleja la incertidumbre y la elocuencia de la razón.
“Bienvenidos a Chile, dice el Capitán de la nave, son las 10:30 horas,  y tenemos una temperatura de treinta grados”.
Un auto nos esperaba a la salida del Aeropuerto y nos dirigimos a Viña del Mar.  Nos instalamos en el hotel y, lo primero fue ubicar el teléfono de H. Burton.  Hablamos con la operadora y nos ubicó al único Burton en la guía telefónica.  -Fue una suerte-. 
Norman disfrutaba de una copa de vino en la terraza del hotel. La vista al mar, con su color turquesa y un bravo oleaje nos reconocía que mirábamos el océano pacífico.


¿Una pregunta por qué Deauville?
Mi abuelo construyó una linda casa en Deauville, y las  vacaciones de verano eran en la casa familiar cerca del Hipódromo.  Mi abuelo tenía caballos de carrera.  Yo tengo el recuerdo de esa casa estilo Normando, con las grandes caballerizas y unos jardines maravillosos.  En las tardes visitábamos  “Honfleur” y lo primero que veíamos era el carrusel, corríamos atolondrados para llegar a la boletería. 
-Qué historia, dice Marie, esto parece de novela.
Valparaíso lucía completo de contenedores en el puerto más transitado del país.  El cobre, frutas, madera y vinos han reportado grandes dividendos a Chile, lo que se reflejaba en un parque automotriz digno de película.  La gente gastando y comprando lo que se les pone por delante en grandes centros comerciales. Una nueva región de Estados Unidos, en sus buenos tiempos, ha aterrizado en la Cordillera de los Andes. 

Nuestra cita fue programada a las 14:00 horas, con Harold Burton,  su hermano desde Inglaterra lo telefoneó para contarle la historia y prevenirlo de la visita que Norman le haría. 
-Harold, no tienes que temer, Norman sabe todo y es un joven juicioso que sufrirá, pero luego con el tiempo tratará de vivir con su nueva realidad.
-Espero que sea como tú lo dices, le comenta al teléfono Harold a su hermano.  Yo estoy viejo y sin dinero, crees que él un muchacho  acostumbrado a la vida de caballero, logrará entender mis circunstancias.
-No lo dudes, a pesar de esa renuente apariencia, Norman es un chico aterrizado y fue formado para enfrentar las vicisitudes de  la vida.
El taxi nos dejó en la calle Prat y nos dirigimos a tomar un ascensor que nos llevaría al cerro Concepción.  Al ascensor, subieron otras dos personas, al ascenso la crujidera y los repentinos frenazos nos perturbaron un poco, luego al ver el mar y el puerto en las alturas, nos formamos una pintura de las casas de colores colgando y el nítido cielo recubría la panorámica.
Caminando empinados por unas calles de adoquines junto a unos dos o tres perros vagos, llegamos a la calle Templeman número 22.  A las afueras una azalea y un túnel de chirimoyos y papayos, frutas de la que conozco poco,  Norman fijaba cada mirada y la atesoraba con prontitud.  –Esto es espectacular, acá arriba mirando el pacífico-.
“Mi estómago me hace cosquillas, claro estoy un poco nervioso es normal”, le dice Norman a Marie.  –Claro cariño, por supuesto, es un encuentro con tu destino-.
Robin tocó el timbre y apareció una mujer baja con el cabello tomado y lucía un delantal celeste con blanco.  “En que los puedo ayudar”. 
 Marie con su mejor español le dijo, “buscamos al señor Burton”
 –¿“Burton”?
–Disculpe, que tonta don Harold. 
-“Don Harold, claro, él vive aquí”- “Quién lo busca”.  “Dígale que lo busca su hijo Norman”.  La mujer tenía la intención de preguntar pero se abstuvo…
La casa era totalmente al estilo británico, acogedores sillones y lámparas en las esquinas con sus elegantes alfombras recubriendo el lustroso suelo de madera oscura, jarrones chinos en la chimenea y un reloj victoriano pequeño que se reflejaba en el espejo a la entrada.
Nos recibió su perro un “jack russel” que movía su cola,  Norman le hizo cariño en el lomo y él lo miro con unos ojitos achinados.
Harold era un hombre imponente, alto, esbelto para su edad y con unos ojos azules luminosos, su elegante vestimenta con ropas que fueron nuevas hace muchos años, denotaban la presencia de un caballero.  Su chaqueta de tweed era  adornada con un sedoso pañuelo en  el bolsillo.   Nos saludó con un “welcome to Chile”, adelante, tomen asiento por favor.
Norman se acerco tímidamente, se puso frente a sus ojos y se veían tan parecidos, su padre le llevaba unos centímetros de estatura, pero su figura era similar.  

-Harold lo miró fijamente y sus ojos recubrían la llovizna del pasado.  –“Hijo mío, te reconocí inmediatamente, eres un Burton”.  “Le tocó los hombros y  lo abrazó fuertemente, fueron unos segundos que el tiempo detuvo el atlántico y el pacífico, inundando los corazones de ternura y emoción.  El silencio de Marie y Robin, con sus parpadeos incesantes y sus gargantas apretadas,  reflejaban lo bonito que es rencontrarse sin preguntas, sin respuestas sólo atarse en un abrazo que rompe la angustia de retomar las huellas del destino.


“He cumplido con esa atadura que llevé por años, sí porque ese escrito en el muro, se convirtió en una obsesión desde el primer día que lo descubrí.  Ahora creo que la amistad forja lazos tan profundos como la mía con Norman.  Era yo su intermediario y tu mí amada Marie la mensajera de mi amor.  Entre papayos y chirimoyos en un atardecer naranja y celeste Marie y Robin sellaban su amor”.

Han pasado dos años desde el reencuentro de Norman con su padre.  Harold pasa largas temporadas en Londres en el departamento que compró Norman en Pimlico.  Van al club, disfrutan de largas caminatas por “Hyde park” y lo que más les gusta, pasear los perros.  La casa de Valparaíso la cuida María,  la fiel empleada de Harold, quién sigue manteniendo el brillo de los pisos.  

FIN
 







           
           

           

ya Hay