domingo, 31 de marzo de 2013

MARTINSTOWN Y LA CIUDAD DE LOS SUEÑOS













Inglaterra, Condado de Dorset, cerca de la ciudad de Dorchester…


En Martinstown el sol ve los amaneceres en diferentes colores. La luna llena trae magia y las estrellas contemplan la vida en Martinstown. Las chimeneas sorprenden, ya que no echan humo, nada contempla arruinar el planeta. Los autos eléctricos circulan por Martinstown. No usamos bolsas plásticas. La verdura cosechada en terrazas especiales.

Los tomates frescos, carnosos y de color rutilante, lechugas frescas. Los niños tienen su propio huerto en el colegio. Miramos a los acantilados, millones de años de historia,
fósiles en nuestros patios. La costa de West Dorset nos regala sorpresas en el encanto
del camino. Las playas de piedra y rocas milenarias: pequeños amigos buscando
tesoros en cada roca. Algunas monedas del Emperador Vespasiano y su peineta fueron
encontradas por Emily, Tilly, Helen y Jason en “Maiden Castle”, las ruinas soplaban el
tiempo. En esta parte de Inglaterra creemos en la historia que nos compromete. Los
fósiles son parte de nuestro entorno….

 Soy Martin y mi nombre no tiene relación con la ciudad que me vio crecer.

No fue coincidencia de la vida que me replegó a la vida tranquila, donde un riachuelo
corre detrás de mi casa de piedra. La energía eólica llegó a Martinstown en agosto del
2009 tenemos grandes molinos con aerogeneradores que producen la energía de la
ciudad. -Todo es renovable y reciclable-. Los semáforos son incorporados con cámaras
que regulan la tranquilidad de paso de los adultos mayores y los niños.

 La basura es puesta en contenedores especiales de color verde con amarillo y son
accionados por un sistema de turbinas que están en la tierra, cada casa tiene el sistema
de contenedores subterráneos. Una vez que la basura está al límite del contenedor, el
sensor abre el depósito subterráneo en una mina de reciclaje, el contenedor es vaciado
por unos ganchos inteligentes y queda todo el depósito vacío en la tierra. Luego se
cierra la compuerta y la basura reposa a tanta profundidad que el tiempo la recicla.
La tierra hace su trabajo.  Y saben no hay un olor.  Todo se trasforma en un jardín lleno de lavandas y flores. En Martinstown tenemos un correo digital no usamos papel, sólo tecnología. Cada habitante tiene un” Imart”, con un sistema de archivo personal electro sensorial y nuestra vida está estampada en el sensor que vive en la muñeca izquierda.

El sensor almacena los datos con la señal de banda ancha que tiene nuestro condado,
también almacena estadísticas de los usos que se le da al suelo, flora y fauna de la
región. Puedes llevar tu “Imart”, leer las noticias, agenda, música, videos, juegos,
planificador y todas las noticias de tu colegio, club de tenis o futbol. Los perros son
nuestros grandes guardianes y amigos. Tenemos parques de entretención para ellos con cascadas de aguas, saltos con obstáculos, un bar de comida y galletas. Al frente de mi casa está la alcaldía de Martinstown, el alcalde es un hombre delgado con anteojos
redondos, viste terno de a rayas todo el año, colleras con un elefante de símbolo y sus
zapatos café oscuro son la presencia del espejo de agua de la ciudad. Este hombre es un gran amigo de los niños y los defiende a cualquier precio. Le gusta comer pescado con espárragos y papás asadas. Los helados de agua de frambuesa y mango son sus
favoritos, invita a los mejores estudiantes del año a su jardín para celebrarlos con
muchos helados de fruta y salsa de chocolate. Ahora les continuaré contando que yo
manejo el bus local que lleva a los niños al colegio. Mis amigos Emily, Tilly, Jason, y
Helen y unos cuantos más me ven estacionar en la parada 27 de Martinstown. Tilly
está siempre sonriente y es muy presuntuosa de su pelo rubio, largo y brillante, le gusta masticar chicle, pero en nuestra comunidad no se ve bien. -Claro que nadie en el bus la va a delatar-. Jason siempre sube con su camisa fuera del pantalón, sus zapatos
gastados y llenos de barro; no puede dejar su Imart. Emily entra al bus muy parca no
tiene expresión en su cara, claro que sus ojos dicen otra cosa. Helen es conversadora,
activa y muy alegre. Además que no deja su celular un minuto. Vive mandando
mensajes de textos. Siempre me traen barras de chocolates, las que tengo en un estante
en la cocina todas alineadas para el mismo lado; pegadas a los tazones de café. Tengo
cinco tazones con diferentes banderas: Francia, Brasil, Argentina, Chile y Escocia.

 El viernes último que los traje de vuelta a casa, mis piernas se me adormecieron,
estornudé mucho y me sentía un poco resfriado. -Los niños lo notaron-. “Martin tienes
un poco de ojeras, que te parece, si cuando paremos el bus te compramos paracetamol,
porque se ve que estás resfriado, tus ojos se están achicando”. -Debe ser mi alergia-,
dijo Martin. “Vamos Martin no seas porfiado te llevaremos a tu casa, te daremos un
agua de manzanilla y te acostarás. Luego te dejaremos preparada una sopa de pollo.
Sabías que la sopa de pollo cura todos los males…y el resfrío sobre todo…dice Tilly”.
La casa de Martin es un pequeño establo convertido de color amarillo con puerta verde
olivo, tiene una entrada angosta, luego a la izquierda una sala con un sillón de cuero
negro y una televisión plasma, una consola de zmart (los juegos de videos son hechos
por nosotros). Luego una cocina con placas digitales. Los muebles todos blancos y una
mesa con una banca de pino. Hay algunos cuadros de animales y pájaros. El sistema de
censores de electricidad apagaba las luces cuando detectaba vacio el lugar. La
electricidad y el agua caliente son producidas por paneles solares. Martin dijo: “Vayan
al refrigerador y saquen unas bebidas”; él adoraba el jugo de arándanos y tenía varias
botellas. Nos tomamos nuestras bebidas y subimos por la escala para dejarlo en su
habitación. Su habitación era simple, una cama y una mesa de noche de pino, pintada
blanca, unas fotografías de sus padres y un libro del “El lobo de los mares”. Su ventana miraba al riachuelo. Emily y Jason tenían caras de preocupación, yo en el oído les dije: “No sean tontos, que Martin es buen hombre”. “No será mejor que nos vamos”, dijo Tilly. “No, quedémonos”, “no sean miedosos”, dijo Helen. Al bajar a la cocina, vimos que el circuito de reciclaje mostraba una luz diciendo que era hora de
limpiarlo…Tomamos el depósito interior y abrimos la puerta trasera de la cocina, que
da al jardín donde se encuentran durmiendo los botes de reciclaje de basura. El sensor
detectó el bote de basura que sonó:”pip, pip, pip”. Una luz verde…y las puertas del
contenedor subterráneo de abrieron, mis amigos pusieron una cara extraña…la noche
alumbraba con dos estrellas, la luna al otro extremo y un búho que nos cantaba…unos
grillos soplaban al viento en el riachuelo. Al asomarnos más cerca, pusimos nuestras
caras en la mina subterránea…al tratar de mirar en la oscuridad, sentimos unas gotas
que caían, un soplo, una voz: nuestros cuerpos no pudieron escapar la absorción de los
contenedores con su gran boca. La boca de la mina nos atrajo y volamos suavemente,
era increíble. Telly gritaba, Jason decía: “Guau” sensacional, Emily, estoy
asustaaaaadaaaaa…help. Helen iba concentrada observando y absorbiendo…pensé esto es maravilloso, dónde iremos…algo se esconde en esta caída y recordé…mis bisabuelos eran argentinos por parte de mi madre. Mi mamá es la mejor en hacer las recetas italianas de la familia. Además, que los asados son su especialidad y no puede faltar el chimi churri. Tenemos las mejores recetas para preparar las deliciosas medias lunas o croissant para los franceses…las nuestras son insuperables. Al despertarnos….las luces brillaban en Buenos Aires; son las nueve de la noche. Por lo que veo la gente anda muy abrigada parece que es invierno. Nosotros andamos muy livianos de ropa…Mis amigos me preguntan por esa gran estatua; yo les digo que no es una estatua es un Obelisco…y cómo lo sabes…
-¿has estado aquí antes?
 –No, nunca
-¿Y cómo sabes los nombres de las calles?…
-No lo sé…
-No tú debes estar bromeando con nosotros, somos tus amigos dinos qué nos está pasando, y la caída en el túnel y éste país que no conocemos.
-Tengo miedo, dijo Tilly.
-No debes tenerlo-, dijo Helen.
 -Tú nos escondes algo.
-No, no escondo nada, tontos…dice Helen.
-¿Tienen hambre?
-¿Qué pregunta? Bueno preparados…
-Comerán la mejor pizza de la tierra…


Después de la pizza más suculenta, la masa deliciosa, crujiente, con unos tomates frescos, buen jamón y aceitunas, nos sentamos en la plaza de la Recoleta; enfrente
vimos un cementerio; el sol se estaba apagando, unas nubes amenazaban la tarde…
caminamos al cementerio que estaba muy cerca, cruzamos la calle…un auto nos paró
bruscamente…”No saben atravesar niños, miren bien donde ponen sus pies…pibes…”
Claro todos automáticamente miramos al lado contrario de donde debíamos mirar.
Éramos ingleses después de todo…Al llegar a la entrada pintada en color vainilla, ante
una gran columna y arco, miramos alrededor y seguimos el signo que nos llevaba a la
tumba de Eva Perón. El cansancio nos dejó tirados en la tumba de Evita…no nos dimos cuenta y el sueño se apoderó de nuestros cansados cuerpos…El aire frio era tanto que tiritábamos, nos acurrucamos unos con otros, yo compartía cabeza con Emily, mientras Tilly y Jason se arropaban con lo que podían…Al sonido de una sirena, nos despertamos con los bomberos, buscamos la salida y nada, todo cerrado…

-”¿Qué haremos?” dijo Tilly, le tiritaba la pera… no podremos salir hasta mañana y tendremos que dormir con estos muertos…
-Quiero volver, Quiero volver por favor hagan algo.

-“Helen has algo”.
-No puedo…no sé cómo volver-. Las doce de la noche eran anunciadas por las campanas de la iglesia…

Un candado grande y muchas cadenas amarraban la entrada de la puerta de fierro
macizo. Decidimos volver a la tumba de Evita, con ella nos sentíamos más
acompañados…seguíamos tiritando…Dimos gracias que el amanecer nos encontró
vivos…no teníamos más dinero del que gastamos en la pizza, ya que las libras las
cambiamos en dólares y pudimos comer. Ya no nos quedaba nada.

-Quiero tomar un chocolate caliente, necesito algo calientito, dijo Jason y unas medialunas…y si vienen con dulce de leche, mejor.

Salimos sin que nadie notara nuestra visita del Cementerio
de la Recoleta-. Las campanas de la iglesia anunciaban las ocho de la mañana.
Regresamos a la esquina de La Biela, era el nombre del restaurante que comimos la
pizza; entramos muy erguidos, el mozo se acercó con su bandeja y una servilleta blanca en su antebrazo, ¿qué van a querer? -Tráiganos cuatro chocolates calientes y dos porciones de medias lunas, por favor. ¿Van a querer dulce de leche?... Si por
favor…cuando terminamos nuestros espesos y espumosos chocolates, quedamos con
bigotes que nuestra lengua saboreo. Tilly dice ¿Y cómo diablos vamos a pagar?, le
inventaremos algo, que se nos cayó la billetera cuando veníamos y recién ahora nos
dimos cuenta. Eso es una vieja treta, dijo Emily no resultara. Yo tengo una mejor
idea…, dice Jason, cuál es esa brillantez…Hacemos que vamos al baño y de repente
desaparecemos. -No, no sirve-.

Una señora de unos setenta años se nos acerca.
Nos vio cara de preocupación, le contamos la fantástica historia, al parecer, por su expresión pálida, ojos almendrados profundos, cejas gruesas y pelo tomado, colar castaño, no le llamó la atención nuestro cuento.

-“¿Qué hacen en Buenos Aires, donde están sus padres, se hospedan en algún hotel cercano?
-Tantas preguntas atontaron a Helen-.
-“Lo siento señora no va a creer que estamos solos”.
-¿Solos?
-¿Cómo llegaron a este país con la profesora del colegio o en viaje de estudios?
-Si eso es, tartamudeando dijo Tilly, luego me dio una buena patada…hay que me dolió…, claro estamos de viaje de estudios.
-¿Y dónde se hospedan?
- La verdad que hoy seguimos viaje…ah es su último día en Buenos Aires, bueno no se irán sin visitar mi casa, los llevaré a descansar, y luego los traigo al centro a comer los mejores helados del planeta. No se hable más…esperen aquí no se muevan. En La Biela todo era bullicio los desayunos eran una habitual ritual de los bonaerenses.
-¡Vamos! tengo el automóvil afuera.
- Primero tenemos que pagar la cuenta.
 - No lo necesitan-. -Está todo cancelado-.

Señora por favor, no tiene por qué… ¿por qué no…hijos míos? Tomen sus cosas. Los
cuatro atléticos niños en la edad que todo es aventura…los doce años son aventura…sí, no lo sabrán, Jason, Tilly, Emily y Helen.

El guapo chofer se bajó del auto, vestía un terno azul marino y
corbata roja. “Luís los niños van con nosotros”, como diga doña Estela.


Estela De la Rosa, es una de las mujeres más adineradas de la Argentina. Su marido el rey de la soya, y ella heredera de un imperio del cemento, habían juntado talento, belleza, dinero y altruismo. No había número para nombrar las diferentes obras de beneficencias que llevaban el sello de la familia De la Rosa. Los De la Rosa no contaban con los domingos familiares. Luego de quedar viuda Estela De la Rosa no tenía más compañía que sus amigos y el restaurante “La Biela”. Pedro su mozo favorito la atendía todos los días con su infaltable ensalada de palmitos, palta y endivias adornaban el mantel blanco y las rosas rojas. Estela instaló a los niños en su gran living mirando la Avenida Libertadores, el río de la plata de pintura. Los niños observaban los muebles, objetos de
gran valor de la sala. Un piano con fotos de su fallecido marido y primos eran sus
únicos recuerdos. “Les conté que tengo ganas de hacer un crucero que va desde Buenos Aires y termina en Valparaíso”, que tonta cómo se los iba a contar, si recién los estoy conociendo mis amigos. ¿Creen que sus padres les darán permiso para acompañarme?
-Todos se miraron- Emily, Tilly, Helen y Jason, quedaron asombrados y luego al
unísono repitieron…”Por supuesto”. Bueno dormirán esta noche aquí y mañana
partiremos. “No necesito reservar, ya que la línea de cruceros “La Plata” pertenecen a
mi empresa. “Claro, por supuesto”, dijo Helen. Las caras de los niños decían todo… Al acostarse cada uno en una habitación decorada en diferentes colores, Tilly quedó en el mundo turquesa; Jason en el celeste; Emily en el vainilla y Helen en el
frambuesa…”Estas son las camas más confortables que hemos dormido” “Si son
esplendorosas y miren la decoración con jarrones chinos y cuadros famosos…Esto sí
que es riqueza…Y nosotros que vivimos en el mundo del reciclaje, las flores y el
jardín…Ahora pienso que nuestra vida es un verdadero aburrimiento, dijo Tilly. No
Tilly, no todo es dinero, replica Helen. Lo mismo pienso yo, dijo Emily. Lo que es yo
adoro esta vida y daría cualquier cosa para no volver al frío, la lluvia y tener que ayudar a mis padres en el arreglo de la casa. No me gusta hacer mi cama, dijo Jason. Creo que si me pudiera quedar en Buenos Aires, no lo pensaría dos veces. Yo echo de menos a mis padres…una triste y llorosa Tilly. Bueno basta…mañana partiremos a Valparaíso y no se hable más…dejemos que el mundo nos guíe. Dijo Helen.


Al embarcarse llegaron a una cabina de primera clase, los niños fueron dejados por el
sobre cargo, que estaría vigilante de ellos. Estela de la Rosa, les dijo que tenían que
bajar a las ocho de la noche para la comida. Que tendrían ropas nuevas, cada uno, en
sus cabinas. Al llegar a la mesa, con la música de una gran orquesta de fondo, los
cuatro niños, llegaron elegantísimos, Estela los presentó con el capitán que resultó ser
escocés. Conversaron toda la noche y luego al retirarse, el capitán se acercó a Helen y
le preguntó que si tenían algún problema…-¿Por qué me pregunta eso?-…No sé cuatro
niños Ingleses en estas tierras con una adinerada dama es como para hacerse preguntas
¿no lo crees? Bueno, sólo le diré que estamos perfectamente y si necesitáramos algo, se lo haremos saber. Así espero, dijo el Capitán. Los ojos del Capitán se quedaron
penetrantes en la espalda de Helen, presintió una ola de confusión. Al llegar al puerto
de Valparaíso, las casas de colores desbordando los cerros, los niños querían ir
inmediatamente a dar vueltas por la ciudad. Estela los dejó encargados al Capitán.
Subieron por el cerro Concepción, tomando el ascensor que se movía mucho y
repentinamente frenaba. “Que vista, es maravillosa”. Llegaron a lo más alto y
contemplaron lo bonito del espectáculo. Las calles con adoquines y unos payasos que
mostraban su destreza en la calle. Luego fueron a visitar la casa de Lord Cochrane
héroe de la expedición libertadora del Perú (1820), y Comandante de la Armada
chilena. Lord Cochrane, “el lobo de los mares” el artífice de la libertaria acción a favor
de los pueblos sudamericanos. La casa de Lord Cochrane estaba en ruinas, el Capitán
les mostró un pasaje de donde podían ver el gran acantilado de los piratas perdidos. Al
llegar al pasaje, que se habría una puerta que colindaba con la cocina de la casa de Lord Cochrane, los niños sintieron, la misma sensación de cuando fueron llevados por los túneles de Martinstown. “Siento un vacio en el estómago”, dijo Tilly. “A mí me
tiemblan las manos”, dijo Jason. “Mis brazos se adormecieron”, dijo Emily. “Yo tengo
un mareo extraño” dijo finalmente, Helen. El Capitán los vio muy extraños y cuando
les mostraba el acantilado, acercándose cada vez más, donde el viento les volaba sus
cabelleras y ropas, una nube dejó su paso a una lluvia intensa, una neblina oscureció
Valparaíso…

Martin sacó un vaso y tomo litros de agua, parece que me hubiera deshidratado de por
vida. Que dolor de cabeza, ni un palo me habría dado tan fuerte como este dolor
impenetrable de angustia… ¿Los niños? ¿Oh los niños? ¿Algo les sucedió?

Desde el jardín el búho cantaba: “Martin, Martin, estamos aquiiii…”

Martín salió sin poder abrir bien los ojos, la oscuridad encegueció…el viento soplaba y el mar cantaba sus olas de felicidad. “Martin, Martin, estamooos aquiiii…”

Martin llegó a los vertederos de basura y tenían la luz roja intermitente y no paraba de
sonar la alarma…era un ruido ensordecedor…va despertar la ciudad…

Los vertederos…que bulla, dijo Martin. Apagaré esta alarma bulliciosa. Al darse
media vuelta, tomándose la cabeza con sus manos…

Martín, Martin, estamossss aquiiiii, abre la puerta, ábrela rápido….

Martin pensó, ese ruido viene del vertedero de basura…abrió las compuertas y…
lentamente dispararon…uno: Tilly, dos: Jason, tres: Emily y cuarto: Helen. Cayeron al
lado del riachuelo. “Que frío, todos tiritaban”, sus ropas mojadas, completamente
mojadas…Hay que frio, decía Tilly. ¿De dónde vienen ustedes?... ¿porqué salieron del
vertedero?...

No podemos decirte nada por el momento, dijo Helen

Mañana te podremos contar más, ni siguiera nosotros sabemos bien lo que nos pasó…

Los niños se miraron unos a otros y se vieron sus ropas mojadas…las camisetas venían
estampadas con un barco y un gran arco iris.

“En 1818 Valparaíso era un puerto conocido por su tráfico mercantil con todo el
mundo, los ingleses eran una comunidad importante y contaban con prestigiosos
empresarios en el puerto del pacífico”.

 Lord Cochrane, su señora y sus dos hijos recién llegaron a Valparaíso para ayudar a la
guerra de la independencia de Chile. El Almirante Cochrane era un gran conversador.
Tilly, Emilly, Jason y Helen le preguntaron si tenía chocolates. El Almirante con su
porte imponente no escuchó…tengo una misión para ustedes. ¿Pueden guardar un
secreto? -Por supuesto-, dicen los niños. “Bien, hay un acantilado en el extremo
derecho de donde nos situamos, unos piratas ingleses dejaron unas monedas que
pertenecen a la corona española”. ¿Me ayudan a encontrarlas, antes que otros lleguen?
Los niños se miraron, rieron y saltaron...Almirante estamos a sus órdenes. Jason miró
su imat, y lo puso en “GPS”. El mapa apareció muy claramente, el océano pacífico, los
roquerios, el acantilado, los cerros y las distancias…excelente, dijo Jason.
Los niños siguieron al Almirante Cochrane. Cuidado hay una roca muy complicada, no se resbalen. “Que ropa más extraña traen…bueno debe ser la moda”, dijo el Almirante Cochrane…Las zapatillas de los niños tenían unos amortiguadores digitales y les evitaban las caídas bruscas…Al llegar al final del acantilado, fueron bajando por la verdosa vegetación, unas flores naranjas (dedales de oro), el aire del pacífico tocaba
frescura, el cielo azul y unas nubes dibujando el panorama. Helen saltó…llegué,
dijo…Huy…esto sí que es caminar…Tilly, cansada no podía seguir, el Almirante le
ordenó levantarse…Emily, transpiraba y tenía los pómulos rojos…Jason seguía las
indicaciones de su GPS, y sacaba fotografías. -Misión media cumplida-. A la orden mi
Almirante, dijeron los niños. “Ven esa cueva…”…Sí, es muy oscura, por ahí
entraremos. Dejen mirar donde está el sol, a ver tenemos exactamente media hora antes que la marea suba…-Hay mi Almirante y si sube y no podemos salir-…”Un oficial jamás se da por vencido…” “Adelante mis valientes”. Los niños entraron raudamente, no quisieron mirar hacia atrás, parece que el océano se les venía encima. “Moriremos todos ahogados” dijo Tilly. “No pasará nada” Ven este mapa…claro…bueno estamos a escasos metros; lo que buscamos es el símbolo de la piedra feliz. ¿Y cuál es ese símbolo Almirante?...Miren, sigan, vamos... creo verla, es turquesa y tiene la figura de un búho…La arena mojada y el agua subiendo ensombrecía la mirada de los niños.
¡Excelente mis muchachos! Llegamos al lugar preciso. Al tomar la piedra, una
compuerta se abrió…una luz, un destello, los tiró al suelo, no puedo ver nada, yo
tampoco. No se asusten…ya verán. Luego sus ojos se toparon con un baúl de fierro
forjado con iniciales por los lados, lo abrieron…”un momento no se acerquen, vamos
despacio”. Al abrirlo con cuidado el Almirante encontró más monedas de las que
esperaba…eran monedas de oro, pero no se lograba ver qué decían. “Solo se ve
Ferdinand…” Creo que son de la corona española. Algún emisario español las guardó
aquí. ¿Y de que época serán? El Rey Fernando VI, al cual creo que pertenecen estas
monedas reinó entre 1746 al 1759. -No más preguntas-. Ahora tendrán que ayudarme a
llevarlas, traje unos sacos e iremos de a poco…Los niños asustados, la marea está
subiendo, Almirante.  Sí, dijo Helen ya me llegó al tobillo, rápido tenemos que
salir.  Al llegar a la poca arena que quedaba…sintieron un grito. Help, help,
ayuda…quién grita…falta uno…es Tilly, Oh mi Dios…No se muevan suban los sacos
con las monedas y esperen arriba del acantilado. El Almirante se tiró al mar, las olas
empezaban a subir….del otro lado de la cueva se reflejaba el color turquesa de la piedra feliz.  Almirante, por favor, apúrese…no sé nadar bien…Ya voy mi señorita
amiga…respire…vamos. - otra ola azotó al Almirante Cochrane en su cara, hay no veo
bien…dónde estás señorita…-aquí-, grito nuevamente Tilly…ya te veo, ya te veo. Sus
grandes braceadas no alejaron al “lobo de los mares”…te tengo señorita, tómate fuerte
de mi brazo. Vamos…no te sueltes agárrame del cuello. El Almirante, llegó a la poca
tierra que quedaba en el roquerío. Los niños gritaban desde arriba del
acantilado…”suban viene una ola muy grande” Encaramados y mojados
completamente, el Almirante agarró fuertemente la mano de Tilly. Tilly llegó sin
habla…todos corrieron abrazarla. El Almirante Cochrane, les dijo: “Excelente mis
camaradas del mar, desde ahora ustedes son mis lobos marinos…les concedo la medalla al honor y sacrificio de los mares”. “Por el honor y la fuerza” como el escudo de la patria que nos baña. Los niños cansados llegaron a la ciudad, el Almirante los llevó a su casa. Entraron por el pasaje del acantilado…y la historia es conocida…

Martinstown dormía, los búhos vigilantes y el riachuelo expectante…

A las afuera en el acantilado a lo lejos se divisaba un navío, un hombre en su uniforme
con su espada en alto. “Hemos liberado a nuestros hermanos de América del Sur” Lord

Cochrane no había terminado su expedición; el “lobo de los mares” descansaba… ¿por
cuánto?...

Martin sentado en su casa con los niños en su mesa larga de pino blanco: “Y ahora
quiero que me cuenten dónde han estado”. Martin no nos vas a creer, el viento y el
búho durante tus sueños te develarán la historia…Helen, Emily, Tilly y jason se reían a carcajadas… (Martín no podrá ni en los sueños entender lo que nos pasó…)

Una cosa dijo Jason, te trajimos un regalo. “No serán chocolates”, dijo Martin.

No no son chocolates…Jason puso la mano en su pantalón y lentamente le pasó tres
monedas de oro a Martin. ¿Y esto? ¿No lo habrán robado de algún museo? No seas
tonto…dijo Jason. Es nuestra aventura. Aquí dice, algo como Ferdinand…
Exactamente, pertenecieron al Rey Fernando VI de España. Martin con su cara pálida. A ver ustedes conocen a Lord Cochrane…dijo Martin.
¡Lord Cochrane! Gritaron los niños… Y sus risas cubrían la brisa marina.

Saben ustedes que la familia Cochrane son los nuevos dueños de la casa del acantilado. Un Martin con mirada perdida.

Han pasado meses desde que Martinstown vive de sueños…

Se leía en todos los imart:  ”ESTÁN TODOS INVITADOS A LA GRAN
FIESTA DE LOS SUEÑOS, MARTINSTOWN CELEBRA”



















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