viernes, 20 de septiembre de 2013

EL SECRETO DE LOS GUANTES




Los dejó encima de la mesa, como siempre.  Su piel transparente con sus pómulos simétricos, su metro ochenta y su cabellera castaña y esos ojos de cielo que electrizaban al pasar.  -Esos guantes de tantos colores-.  Cada uno lo tiene en su espacio, una pieza de vestir donde las estanterías son forradas en terciopelo marrón, todos los bordes dorados.  Y allí se dormían hasta que ella los tocara para  un nuevo día.

-Joseph,  querido llegas temprano, no sabía que querías desayunar conmigo…
            - Hoy tengo más tiempo, mi primera reunión es dentro de una hora y media.
            -Unos huevos con tocino estarán bien para empezar, y unas tostadas con miel.
            -Tocino, ni pensarlo, la grasa se te irá a la cintura…y tus arterias no lograrán respirar.

Joseph y María Wells eran sorprendentemente atractivos.  Ella con su distinguida estatura, frente despejada y sus cabellos castaños haciendo juego con sus ojos verdes.  Joseph, alto, robusto sin ser gordo, gran presencia e impecable guardarropa.  Apasionado de las carreras de caballos y de su colección de relojes.

En la calle Alderney Street, la casa de María y Joseph era un verdadero museo.  Colecciones de estampillas, cuadros famosos heredados de sus abuelos, platería victoriana, piezas del imperio Otomano.  Una biblioteca impactante.  Sus invitados recorrían las estanterías admirados por la gran colección de los clásicos y literatura hispana americana.  Los Wells son anfitriones elocuentes y amables, pero podían ser muy sarcásticos.   Era la ironía una cualidad para una noche atrayente.  Lo que podía ser una artillería de palabras para los amigos de los Wells era sinónimo de intelectualidad y refinamiento en el arte de la conversación.

Al pasar los años, amigos y pocos parientes de los Wells no reconocían algo diferente en el hecho que María Wells siempre llevara guantes.  No importaba la temporada para que sus magníficos colores despejaran un abanico de sensaciones. 

“De pequeña, acompañando a mi madre,  recopilé el gusto por los guantes.  Ella lucía su sombrero y haciendo juego unos guantes maravillosos.  Para mí los de gamuza eran espléndidos, el tocar su tersura, acariciarlos como el lomo de mi perro favorito.  Los colores atrayentes.  La última vez que salimos de compras a Bond Street,  mi madre insistió que compraría unos guantes color carmín para su nueva tenida.  Iría a una cacería de faisanes.  Mi Padre orgulloso, la observaba con su  traje elegante y regocijaba sus ojos ante la belleza de mi Madre. 

Joseph era apegado a su grupo de amigos.  Los jueves jugando cartas, los viernes viendo las carreras de caballos, los sábados vida social en la casa.

“Los guantes color carmín le quedaron estupendos”.  Se veía  maravillosa en su tenida de cacería. -Se fueron al alba-.  El chofer los llevaba a Sussex.  Mi hermano había salido a su partido de tenis con unos amigos.  Y, como siempre, yo en la casa con la niñera.  La mayor parte del sábado era estar sola mirando por la ventana y ver cómo las nubes danzaban con tanta rapidez.  Me nublaban el sol de un momento a otro. Luego las gotas de lluvia deslizaban y arrastraban los vestigios de polvo y alguna hoja pegada en el vidrio.  Los guantes retuvieron un interés especial en mi vida.  Tal vez producían un sentimiento de pertenencia y me acompañaban en mis sueños más dispares.

Mi madre se preocupada de todos los detalles de la casa, dando sus instrucciones a primera hora de la mañana.  -Su jugo de pomelo, un café y su tostada con mermelada de naranja, sin olvidar lo principal, los diarios que revisaba atentamente.  Mi abuelo le dejó una considerable fortuna en acciones, las que ella manejaba con extrema rigurosidad.  Marcaba con un lápiz verde sus fondos accionarios, y anotaba en un cuaderno su rentabilidad, precio utilidad y todos los porcentajes.  De niña pequeña se apasionó por el mundo de las finanzas y observando a su padre aprendió el arte de las transacciones.  Era su olfato más que todo. Lo más curioso es que cada vez que llamaba al corredor de bolsa, se ponía inmediatamente sus guantes.  Cuando se tranzaba oro, los guantes eran de gamuza y de  cuero cuando eran acciones.  Sentada a su lado en el escritorio mis ojos analizan como un torrente.   En su cuaderno anota sagradamente los valores de sus acciones.

Como me deleito con esos recuerdos…

Hoy sentada en mi escritorio y con la música de “Jazz FM” de fondo,  utilizo mi iPhone con sus espléndidas aplicaciones y mi computadora maneja toda clase de software especializado en el mundo financiero.  El “Financial Times” es mi compañero matinal.  Mis huevos revueltos con una tostada me recuerdan lo maravilloso que son los desayunos para mí; es el momento del día que más disfruto y leo con total tranquilidad, repaso mis finanzas y luego en una hora más estoy dispuesta a realizar mis transacciones.  Ahora estoy comprando acciones en Perú y Chile, la minería me ha dado grandes retornos, ya invertí en dos nuevos departamentos mirando el río Támesis y espero pronto comprar algo en París.  Ese amor por las finanzas y los guantes se los debo a mi madre.  Después de casi tres años de no contar con sus consejos, heredé su colección de guantes y como siempre los de gamuza son un toque infalible para la minería.  Vivo ausente de toda presencia que me incomode, por eso mi perro es mi gran guardián.  Sus movimientos de cola me regalan una felicidad extrema.  En mis libros de cuentos de Hemingway me refugio cuando no estoy invirtiendo.   -No todo es dinero en la vida-.  Un paquete accionario grande que dejó mi madre lo destiné a una fundación para un hogar de niños discapacitados que son abandonados.  ¡Ese es mi gran alegría!  El razonar y mover teclas para ganar no revive el regalo de dar.


©carolina paton 2013

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