miércoles, 3 de septiembre de 2014

El hombre desnudo a caballo


 

Dover Street esquina Piccadilly, me senté a tomar  un café, el aire veraniego llena de alegría las calles de Londres.  Los días de sol son un tributo de agradecimiento al cielo por la bendición de los rayos solares (sin pasar de lado la buena fuente de vitamina D). Desde mi asiento contemplaba los buses rojos, oficinistas y los miles de turistas transitando para ser un pequeño “break”.  Desde el ventanal del café alcanzaba a ver la entrada del hotel Ritz, y esa conjunción de vida diaria con la glamorosa entrada del hotel; que hacen que Londres tenga esa mezcla perfecta para sentirse atraído por su singular estilo de vida. Repentinamente unas nubes maravillosas recreando un caluroso día; y, al subir mi mirada, vi enfrente una estatua de un hombre desnudo a caballo.  Estaba tan cerca y no me había dado cuenta de su presencia.

Qué hay de ese hombre desnudo a caballo que  atrajo tanto mi atención.  Mi mente se evadió  y me encontré soñando con ese hombre apuesto.  Me tomó la mano, cuando al atravesar la calle casi me atropella un ciclista; él me agarró fuertemente el brazo,  y me traspasó una energía que nunca había sentido.

No voy a olvidar ese Lunes. 

El miércoles,  éste apuesto hombre me cedió el asiento en el metro, venía muy cansada del trabajo  y, repentinamente, escuché una voz: "por favor siéntese, me bajo en la próxima estación”.

Al regresar a mi departamento, me tomé un vaso de vino Chardonnay, me senté y volví a revivir esos momentos.  ¿Qué me está pasando? Fue un sueño o me estoy volviendo loca.

-Hey, hey, estás ahí…
-¿Quién habla? Pregunté.

Me levanté de mi sillón favorito, me fui al baño, me lavé la cara, el agua me brotaba como cristales de azúcar sobre mis mejillas.

Caminé despacio hacia el living…
El piso crujía un poco (mi departamento está un poco abandonado de la mano de los constructores).

El reloj de la chimenea me decía que eran las 11:50 p.m. Bien, me fui a dormir con una sensación y opresión en el corazón.

Mi celular me avisó de unos mensajes en “WhatsApp”, tenía tres conocidos y uno de un número desconocido.

-Hey, hey…no me reconoces…me escribieron. 
-Contesté: “¿Quién eres tú? 
Si me quieres hacer una broma, es de muy mal gusto”
-Contestó: “No te aflijas, calma tu corazón, soy el hombre que te salvó ayer de morir atropellada y te regaló la atención de sentarte en el metro, mientras habías tenido un día agotador en tu trabajo”.

Apagué el celular y, luego, lo volví a encender, mis manos no querían tocar el símbolo verde de “WhatsApp”…al final, lo hice…

Para mi sorpresa, el número que me había escrito ya no estaba y todo la conversación borrada.