sábado, 27 de septiembre de 2014

ESPEJISMO




París despertaba como todos los días. Temprano ya se habían lavado las calles, y en algunas veredas quedaba la espuma con olor a desinfectante. Era la hora del descanso matinal en el café Esmeralda en la Avenida Víctor Hugo, un señor fumando su pipa. Al costado una señora enfundada en su pashmina blanca. El caballero de la pipa se levanta repentinamente. La señora se saca su bonita pashmina y deja entrever un vestido blanco ajustado en una tela muy fina, que no se determinaba que era. Un resplandor de la luz blanca en los pliegues del vestido. Alta, cabello rubio largo, manos finas; un cintillo de brillantes adornando uno de sus delicados dedos; en la mano izquierda no había notificación de matrimonio. Un sello en el dedo meñique. Sus modales eran de una aristocrática y educada señora. El mozo le trajo el café de todos los días: un expreso doble. Su vaso de agua. Al sacar su cigarro movió su cuello expresivo de suavidad y sus cabellos dorados resaltaban el espacio. El caballero de la pipa, se levantó, dejó su sombrero al extremo del asiento y con gran cortesía mirándola fijamente a los ojos le dijo: -"Madame me permite, por favor"- Alumbró el cuadrante del café expreso y su cigarrillo estaba humeando. En la niebla del cigarro el señor de la pipa le hace una venia y le ofrece un café.  La señora encantada. El señor de la pipa traslada su café y su sombrero al asiento de la señora. El café Esmeralda en plena Avenida Víctor Hugo, a las once y media de la mañana del miércoles, era un hervidero. El ajetreo diario de un ir y venir de un café parisino. Las miradas al viento. Las sonrisas evadiendo los músculos de la cara. Los escondidos en su diario "Le Parisién", moviendo las páginas acordes con las miradas furtivas. Todos los bronces de la puerta de entrada del café Esmeralda estaban como espejo. Jean se encargaba todos los días, a primera hora, de no dejar huella de la noche anterior. La señora elegante conversó por más de media hora con el señor de la pipa. Sacó su libreta y anotó un número de teléfono. El señor de la pipa no podía dejar de mirarla, parece que un chocolate se derretía en su retina. Miró el reloj del bar junto al cuadro de una marina del siglo XVIII. Su majestad el tiempo era sagrado; el señor de la pipa tomó su sombrero, agarró su maletín de cuero. El maletín tenía un monograma con las letras: GP. El señor de la pipa, hizo un movimiento rápido y dejó atrás la puerta del café Esmeralda. La señora elegante seguía anotando en su libreta. Luego, pasado cinco minutos, llegó un joven con jeans, camisa blanca y chaqueta de lino color vainilla. Era alto, pelo castaño, ojos almendrados. Traía una carpeta con documentos.Intercambiaron papeles con la señora de la pashmina. Ella le anotó un número y las letras GP. El joven se levantó y partió. La señora elegante, pagó el café y se fue. En el número 92 de la Avenue Víctor Hugo la esperaba un auto. Subió; se dirigió a la "Gare du Nord". Tomó el Eurostar. Llegó a la estación de San Pancras en Londres. Tomó un taxi y se dirigió "Covent Garden". Entró a un teatro. Preguntó por el señor Gastón Pruneaux.-“En el segundo piso madame”-, le dijo el recepcionista. Al entrar, encontró a un hombre vestido con una capa larga en negro, zapatos de charol y maquillado con sus mejillas empolvadas. -"¿Gastón eres tú?"-. Dice la señora elegante. -"Sí, amor soy yo"- ¡Qué alivio! dice la señora. Su pashmina se quedó enredada en la puerta de corredera. El espejo del camarín reflejaba dos figuras: la mujer de la pashmina con un vestido de baile rojo, escotado y con un collar de brillantes. El hombre en el espejo se veía vestido con un traje de etiqueta y bufanda de seda blanca. La señora elegante, lo tomó del brazo y salieron con soltura y fineza. Bajaron la escala, que en su alfombra dorada reflejaba sus pasos. La luz de la alfombra se detuvo en sus semblantes. Se veían más maravillosos que las estrellas. Al llegar a la salida del teatro, el recepcionista los despidió como señor y señora Pruneaux. El aire de Londres les era cálido, algunas nubes amenazantes. El cielo de Londres era el nuevo epicentro de los Pruneaux. Al cruzar una de las calles cerca de "Covent Garden" se divisaban grandes anuncios iluminados con la cara del señor de la pipa, cubrían casi media pared. Anunciaban: " Con gran placer presentamos el nuevo espectáculo del afamado mago Gastón Pruneaux". Productora ejecutiva: "La señora de la Pashmina”.