martes, 23 de septiembre de 2014

SEÑOR DE LAS SOMBRAS




Liverpool Street Station, Londres


Lo vi todos los días a la misma, hora, en el mismo lugar.  Por años, era lo mismo,
hasta que un día, su asiento en el tren estaba vacío.
Me hice tantas preguntas, y al final decidí buscar ciertas pistas y me recordé de lo
siguiente:
Cada vez que tomaba el tren, venía vestido con un terno oscuro, sus corbatas eran con diseño de animales; de los cuales los que más repitió fueron  de elefantes.  Sus colleras eran todas de oro o plata.  Usaba un maletín de cuero negro, se veía fino y delgado (por lo que me hizo pensar que era un ejecutivo de alto rango). No tenía argolla matrimonial (lo que no significaba que no estuviera casado). Sus zapatos todos muy elegantes, brillaban,  mis zapatos se podían reflejar  en ellos (claro que nunca puse mis zapatos tan cerca). Se sentaba, se acomoda, movía sus brazos, abría el maletín, sacaba unos documentos, cerraba el maletín, se asegura de ponerle una clave.  Traía el diario financiero, la revista “The Economist” y una barra de cereales con arándanos (me fijé en el envoltorio, es la misma barra que yo como todos los días con mi café matinal). Es un hombre que se preocupa del colesterol y su salud, pensé.  Leía con mucha concentración los fondos accionarios, marca con un lápiz y destaca el p/e (precio utilidad). Debe ser un corredor de la bolsa, accionista mayoritario, gerente de inversiones. Le sonaba a menudo su Iphone, eran mensajes.  Antes que los altoparlantes anunciaran la llegada a Londres, él ya había desaparecido.  Por estar al lado del corredor, raudamente se dispersaba entre las miles de personas que descendían en la plataforma 5 de la estación de Liverpool.  Yo con mi lentitud, y sueño de muchas noches sin dormir bien, no me apuraba.  Además, como dueña de la empresa, ya tenía muchas resoluciones vía mail.

Ya en Londres, con una lluvia torrencial y fuerte viento, mi paraguas se volteó.  Sin darme cuenta una voz me dice:  ¿La puedo ayudar?, y el viento seguía en el destino de no querer dar tregua…Al final, me abrió su paraguas y me cobijo, la lluvia me golpeaba fuerte.  Le agradecí y nos pusimos en la fila para el taxi, al llegar su turno, me ofreció si quería subir con él: -¿A dónde se dirige? –Voy a la calle Strand. –Yo voy por su camino.  ‒¡Yo la acerco!, -vamos suba, la dejo en “The Strand”.  –Es usted muy gentil, gracias.

Las palabras se atropellaron en los quince minutos de ruta.  Era un hombre amable, culto y con sentido del humor.  Antes de bajarme del taxi, me dio su tarjeta, era director de una gran editorial, dueña de varios diarios y revistas en Reino Unido y Europa.  Nos quedamos en esa mirada final y traspasamos el silencio.
Pasaron los meses, y el asiento del tren seguía vació.  He llamado a su oficina y los teléfonos no me contestan.  Sale una grabadora.  Visité la dirección en Mayfair, le pregunté al portero por la empresa, no la conoce.  Le hice la descripción del hombre, y  nunca lo ha visto.  Le di un nombre, y cuando ya iba de salida de la recepción del edificio, corrió y me alcanzó. Me acordé: ‒ Andrew Neville.   Sí, Andrew Neville, él trabaja como recepcionista en una empresa de diseño e impresiones, se especializan  en tarjetas de visitas y papelería fina para gente muy adinerada.  Pero, sabe ‒ repitió, no lo he visto hace un par de meses. Es un hombre parco, y pocas veces cruzamos palabra. Lo único que me contó que tomaba el tren todos los días a Surrey.

De vuelta en la plataforma 5 del tren, de todos los días, y de años, me recordé del “señor de las sombras”, y de cómo nada es lo que parece.  Ya no voy a sacar conclusiones apresuradas, ni voy a imaginar cosas que no son.  Deben haber muchos “señores de las sombras” recorriendo el mundo.