martes, 21 de octubre de 2014

Por una calle de París te vi pasar


Iglesia de la Madeleine
París







Por una calle de París te vi pasar.

Son las diez de la mañana del día viernes 10 de julio.  Ayer celebré mi cumpleaños número treinta y cinco.  Por ser hijo único, mis padres me regalan como si tuviera diez años.  Pero, lo que a mí me gusta es salir con mis amigos a comer a un buen restaurante y tomar una buena botella de champaña. 
No soy un vividor, soy un gozador de la vida.
 La belleza la admiro con gran pasión, siempre que sea una belleza que llegue al corazón.  Me pongo frente a un cuadro del Veronese, Canaletto o Monet, y piel se pone de gallina.  Puedo estar veinte minutos sentado mirando esas bellezas, y no me canso.  El arte es algo que me atrae y me produce un placer inquietante.  El momento cúlmine de un artista es cuando está frente a su obra, en la cual dejó su alma estampada y quedará registrada para los que vengan.  Nos regocijamos con una escultura de Rodin, como: El beso.  Admirable, perdición de los sentidos ante tanta majestuosidad y expresión de generosidad.
Ahora, mis sentidos se fueron al extremo, ustedes, deben adivinar.  ¿Qué será?
Por supuesto que lo adivinan…
Estoy enamorado hasta las patas…
Mi soltería está diciendo adiós…
Mis autos deportivos, viajes por el mundo, vida de galán y gran conquistador está a punto de terminar.
Así la conocí…
Se bajo de su automóvil.  Yo iba pasando cerca, la vi a unos metros de distancia.  Me encantó.  No encontré nada mejor que seguirla. 
La iglesia de la Madeleine, se ve apacible con sus columnas, que son el reflejo de la historia.  A su alrededor, ese bullicioso eco de los taxis parisinos, y las clásicas motocicletas,  llenando el ambiente de contaminación acústica (claro que son exquisitamente fascinantes). 
El sol en su apogeo (veintiocho grados).
Entró  al Hotel Bedford.
¿Con quién se encontrará?
Miré por la ventana, no la vi. 
Me fui a la cafetería, desde lejos la divisé, estaba con una señora de unos setenta años.  Ella sacó su laptop, y le mostraba la pantalla.  Estaban muy concentradas.  En una esquina de la mesa estaba Le Figaro.  Tomaron dos expresos.
Esperé en la recepción, me leí el diario completo, repasé varias veces la venta de departamentos.  Las defunciones y los matrimonios no se me escaparon.
Me estaba cansando de esperar.  Miré, y ahí venía.
Sus pasos recubren esa estela de confianza, que me llamó la atención.  Salió del hotel, entró a la brasserie Mozart, que está a un costado del hotel.
Habló con el gerente.
            Yo me senté, y pedí un kir royal. 
Se notaba que su voz subía de tono, luego llegó otro hombre, y  se perdieron en un pasillo. 
Son doce y media.  Hoy no fui a la oficina, que está acá cerca.  Mis colegas pueden tomar el caso de hoy.  Es un fraude financiero de poca monta.  No estoy para eso.
Su pelo castaño, largo y ondulado, me encanta; su expresión es un poco histriónica, pero a la vez dulce.  Sus pómulos son refinados y sus labios carnosos.  Lleva un vestido de lino blanco, zapatos de tacón alto y una cartera tipo Kelly ( se distinguir bastante bien, mis ex novias, las usaban).  ¿Qué perfume usará?
Se sentó en una mesa al costado de la mía.  Le trajeron una pescado con verduras, y una agua mineral Vittel.  El mozo conversó con ella.  Luego, se levantó.
Yo me comí un “croque Monsieur”.
Pagué rápidamente. 
Salió del restaurante, y entró de nuevo al hotel.  La señora mayor la esperaba.  Saludaron a un hombre muy elegante y con aire distinguido.
No pude resistir.  Me acerqué.
‒Disculpe, si no es mucha mi impertinencia, quisiera hospedarme en este hotel, pero no lo conozco bien,  y no tengo referencias.  ¿Cómo ha sido su estadía?
‒Joven ‒ me dice, la señora mayor, puede quedarse con absoluta tranquilidad, es un hotel fantástico, la atención es de primer nivel, está catalogado como un remanso de paz en el medio de París.  Encontrará un jardín, muy agradable, lavandas, peonías, y otras flores maravillosas. 
Esa mujer que me tenía loco, no habló.  Solamente movía su cabeza y sonreía con una risa pícara y se arreglaba el pelo.
‒Le agradezco señora su gentileza, y el haberme contado sobre el hotel.
Ella habló…
‒ ¿Te puedo tutear?
‒ ¡Por supuesto!
‒Te he estado observando cuando te cruzaste en mi camino, desde que estacioné mi auto.  Luego me seguiste al hotel, después a la brasserie…
No me sonrojaba en años, me sentí terrible, como un adolescente en su primera conquista, ¡qué estúpido!  Parece que el cielo de París está gris…
‒No te sientas mal, comprendo… ( sus ojos era pura ternura ).  Tú me pareces un hombre atractivo, determinado y romántico.  El tipo de hombre que está en extinción…  Te invito un trago, vamos ven acompáñame.
Me llevó directo al bar del hotel, y ahí el mozo, la trató con mucha cortesía y gentileza.  ( El cielo de París volvió a brillar ).
‒Veo que eres conocida por aquí…
‒No solo conocida. 
‒¿Te hospedas habitualmente?
‒ Habitualmente, no.  Vivo aquí…
‒ ¿Vives aquí?
Mi familia es la dueña del hotel y de la brasserie.  La señora que te habló, es mi madre.  Ella heredó de su padre una cadena de hoteles y, actualmente, estamos en casi todo Europa y pensamos abrir nuestro primer hotel en Nueva York el próximo año.
Han pasado cinco años desde que la conocí.  Una historia maravillosa.  Matrimonio, no, por el momento.  Los dos somos muy felices y qué más podemos esperar, nos tenemos y es una bendición. (El cielo de París, tiene toda la gama de colores, no importa si está gris, llueve o hay sol.  El clima lo hacemos nosotros ).