domingo, 14 de diciembre de 2014

AMISTAD EN NAVIDAD

Londres.  El bus número diecinueve me dejó en el Kings road a la altura de la librería Waterstones.  La nieve hacía su aparición y,  poco a poco, la calle se iba cubriendo. los taxis dejaban su huella en el pavimento, y se perdían en un eco que anunciaba la época más esperada del año:  Navidad.
La gente cubierta en sus abrigos, con bufandas en alegres colores y guantes para entibiar un frio día de Diciembre.  Los escaparates de las tiendas, adornados elegantemente, recreando una alegoría con ciervos, árboles, una fantasía botánica,   con el estilo característico de la sobriedad y majestuosidad británica. 
Entré a la tienda por departamentos Peter Jones, donde el esplendor de las decoraciones hacen vibrar a los londinenses y turistas que recorren sus pisos.

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Son las cuatro y media de la tarde, ya la oscuridad contrasta con el reflejo de las luminarias y las decoraciones de navidad.  Me decidí a tomar un chocolate caliente, ya que mis manos están congeladas.  Mientras subía la escalera mecánica me saqué la bufanda y, observé los pisos inferiores.  Había mucha  gente comprando en la sección de comidas, botellas de champaña, trufas de chocolates (las mejores son de charbonnel et walker) y, repentinamente, mi atención se fue a la sección perfumería. Los que más se veían comprando eran varones, eligiendo  la fragancia favorita de su acompañante (esposa, novia, amante, etc.).  Entre el tumulto, me llamó la atención un joven con un lindo abrigo, se notaba de una tela muy fina; y acarreaba muchas bolsas, entre las que logré divisar:   perfumes Jo Malone y otro de Aqua di Parma.  Afortunada su compañera de viaje…

Llegué al último escalón del sexto piso y me encontré con la cafetería repleta de niños, bebés, amigas conversando.  Divisé a la cantante Lulú, y otros  jóvenes,  con sus pantalones de pana  ajustados y caras limpias, ante una espigada figura que los hace ver siempre elegantes y distinguidos.

Fui a comprar mi chocolate caliente al autoservicio, y la señorita que me atendió, era Claire, conozco a Claire por más de dieciocho años, desde que vengo a esta cafetería.  Claire es oriunda de Filipinas y vive hace treinta años en Londres.  Tiene un hijo de 23 años, que logró con gran esfuerzo titularse de arquitecto. Conversamos, mientras me servía mi chocolate, y me ponía en el plato una galleta de jengibre.  Pagué, y sin querer topé a una señora que estaba a mi lado, mi taza de chocolate se esparció por el plato, pero todo tiene solución; y puse una servilleta debajo.  Me fui con mi bandeja.  Es grato ver  familias, amigos y parejas, todos reunidos en ese ambiente de Navidad, que trae alegría y, a muchos, una melancolía que los remece recordando  momentos, que muchas veces quieren ser escondidos y silenciados.  Esta cafetería se emplaza en trescientos sesenta grados, que acoge con  unos sillones en cuero negro, apostados contra la pared, y unas mesas rectangulares de vidrio. Los ventanales, enormes permiten observar gran parte de los departamentos en Chelsea, y sus techos que se van cubriendo de nieve, se veía un campanario de la iglesia, y la torre con un reloj que marca las cinco en punto. A lo lejos los reflectores que iluminan el cielo londinense.  Llega un coro de niños con cantos tradicionales, y sus voces elevan el espíritu de la Navidad. 
Entre el murmullo, siento una voz que me dice:
  ̶No le importa si me siento aquí. 
  ̶Por supuesto‒ le dije, no se preocupe hay espacio suficiente. 
La mujer es de unos sesenta años, muy bien llevados, con unas manos cuidadas, pelo castaño claro, alta, con un cutis sin mayor signo de envejecimiento (más de una ayuda con botox o inyecciones de vitaminas), traía su abrigo en el brazo, lo dejó en el asiento. Deslizó suavemente su bandeja sobre la mesa; en la cual traía un vaso de vino blanco y una ensalada de salmón con rúcula.  Su suéter de cuello alto resalta más sus lindas facciones.   El reloj que traía se veía muy elegante y fino.
Los primeros minutos fueron de miradas escurridizas, pero después de un breve silencio, me atreví a preguntarle,  cómo había encontrado el delicado canto del coro, que nos había deleitado con sus voces.  
‒Extraordinario, sublime.‒ me dijo.  “Es una ocasión de gran recogimiento y yo gozo estos momentos pre navidad, que creo que nos llaman a reflexionar y a tomar un poco de distancia a nuestros problemas cotidianos.
‒Así es, a veces el fin de año se hace una carga en vez de una alegría, pero luego,  si nos ponemos a pensar, que viene un nuevo año con otro folio, con nuevos desafíos, nos viene el alma al cuerpo. ¿No lo cree?
 ‒De todas maneras, concuerdo con usted.  Lo bueno que queda poco  para el  2015.    Este año no ha sido muy grato para mí.  Pero bueno, lo principal es la salud, y esa me acompaña, hasta el momento, magníficamente.
 ‒Yo también he tenido un año complicado.  La muerte de mis padres, un divorcio, una hija que se fue a estudiar a la Universidad y me dejó el “nido vacío”.  Al igual que usted, mi salud, gracias a Dios, es bastante buena.  Debe ser porque he aprendido a gozar la vida con pequeñas cosas, salgo, no me encierro como antes.  Hablo con la gente, voy a diferentes cafeterías, restaurantes, observo y lo mejor de todo me alimento de las emociones diarias.  Voy mucho a caminar por la playa, cerca de los acantilados en la costa de Dorset, tengo una propiedad allí, la que heredé de mis padres.  No me quejo.  Vivo bien.
‒Por lo que veo, tiene una vida muy movida e interesante.  Claro que la ida de su hija y la muerte de sus padres, la deben haber afectado bastante.
‒No sabe cuánto… (Un reflejo nublaba su mirada).
‒Comprendo. (La mirada de la mujer despertó ternura en su interlocutora, fue el silencio que hizo eco de las palabras).
Después de una conversación larga y agradable, me di cuenta que iban a ser las siete de la tarde.    
‒ ¿Qué rápido se nos paso el tiempo?  Todavía tengo que pasar al supermercado.  Bueno, espero tener la oportunidad de encontrarla en otra ocasión por acá.
‒Claro, por supuesto, y por si acaso, le voy a dejar mi tarjeta con mi número de celular, llámeme cuando quiera.  Podemos salir a tomarnos un café, cocktail o ir a comer.  ¿Le parece?
‒Gracias, la llamaré.  Le dejo,  también, mi tarjeta.
Las dos traspasaron una tímida y gentil sonrisa.  La nieve tenía los techos totalmente cubiertos.  Los parlantes de la tienda avisaban que quedan solo quince minutos para cerrar.
Desaparecí rápidamente, tomé un taxi y me fui al supermercado, como siempre me faltaba leche descremada.  Al llegar a la casa, me senté junto a la chimenea y me puse a revisar los mensajes que tenía en el celular.  Mi hija avisaba que ya había llegado a Nueva York a pasar la Navidad con su padre.  Es mi primera Navidad sola, sin mis padres y mi hija.  Una llovizna nubló sus ojos, y  la tristeza  doblegó su corazón.  Es este momento en soledad, del cual tanto añoraba cuando tenía obligaciones y ajetreos diarios, que ahora me pasa la cuenta.  No me gusta esta soledad, la soledad navideña, la soledad en que todos están junto a sus familias y yo con una casa vacía.  Una botella de champaña haciéndome compañía y las trufas de chocolates regalando dulzor a mis noches.
Desperté con el mensaje de mi hija, preguntando con quién iba a pasar la Navidad.  “¿Porqué  no la pasas con tus primas  en Midhurst?”  “No le dije, no quiero estar en ninguna parte que no me sienta a gusto”.  Me había comprado un pavo preparado (un trozo) en Partridges,  y tenía todo lo que necesitaba.  Cuando estoy sola, no me dan ganas de comer mucho. 
Todavía ando en pijamas, son las diez de la mañana, cuando suena el teléfono. 
‒Alo.
‒Bárbara, buenos días, habla Eleonor.  Nos conocimos en la cafetería de Peter Jones.
‒Eleonor, claro, me acuerdo perfectamente, que gusto escucharte.
‒Te quería saludar y saber ¿cómo estás?
‒Que gentil de tu parte, estoy bien, pero…
‒Creo adivinar, tu hija no está contigo.
‒Así es, se fue a pasar la Navidad con su padre a Nueva York.
‒ ¿Y tú con quién la pasarás?
‒Me invitaron unas primas, que viven en Midhurst, pero realmente, no tengo ganas de ir allá.
‒ ¿Cómo vas a pasar sola?
‒Es la vida…
‒Si lo podemos remediar, no hay porque pasar en soledad…
En ese momento la nieve tenía los autos cubiertos, era un lindo espectáculo. El farol de la esquina en mi calle refleja colores dorados en el blanco pavimento.
‒No se hable más, te mandaré mi chofer para que te vaya a buscar.  Tengo tu dirección.  No tienes nada que traer, solo tu alegría.  No acepto un no.
Después de darle un poco de vuelta al asunto, pensé que era un gesto de Navidad que no había experimentado antes.
Me arreglé muy bien, sentía una sensación de felicidad, ya entró la calma a mi alma…
La Navidad, fue maravillosa, Eleonor, me hizo pasar los momentos más gratos que he tenido.  En su casa se respiraba un aire acogedor y con acento en la cordialidad, calidez y recogimiento.  Fuimos a  misa.  Y, luego el chofer nos trasladó a un hospicio, el cual ella patrocina.  Nos sentamos en una gran mesa donde al costado había un pesebre y un árbol navideño, el cual con su fragancia, encendía la sonrisa de cada una de las personas que allí estaban.  Había vino caliente con naranja y unos queques navideños.  Los ojos de todas esas personas agasajaban la simpleza de la vida, la voz entrecortada, sus pasos cortos y tímidos.  Mi melancolía momentánea se había esfumado.  Mis pasos eran seguros, me renovaron la fe en la amistad, la solidaridad, y lo bien que nos sentimos cuando regalamos amor.  FELIZ NAVIDAD



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