domingo, 15 de marzo de 2015

CAFÉ PARISINO, ENCANTADOR OLVIDO









Mi café a las 11:00 am me encontró en la Avenida Víctor Hugo, leía el diario “Le Parisiense”, bajé la mirada y allí está…Un hombre dejando su abrigo azul marino oscuro en el perchero, se arreglo su chaqueta, tenía el cuello doblado.   El hombre encantador me miró fijamente, cruzamos ese vistazo de segundos que recrea la autoestima.  Bajé la vista como una adolescente y  sentí el rubor en mis mejillas.

La cafetería  en su momento de mayor  movimiento.  El atractivo hombre se sentó cerca mío, dos mesas por medio, las otras eran ocupadas por un grupo de estudiantes universitarios, seguramente de Ciencias Políticas, así lo decían los libros sobre la mesa.
Los estudiantes  dejaron su bulliciosa estela, tomaron sus libros y partieron. La lluvia era persistente.  Miraba por la ventana con atención cómo las gotas golpeaban una mesa que estaba en la calle.  En la vereda enfrente, en una tienda un hombre se levantaba de su silla y se acercó a un espejo para probarse sus nuevos anteojos, la vendedora se le acercó para ajustar el marco. Mientras mi segundo café llegaba,  una suave y acogedora voz me preguntó: ‒Disculpe, puedo tomar su diario. Ante mi sorpresa, con una nerviosa risa le dije: ‒Por supuesto, se lo puede llevar, ya lo leí.
Pagué, me puse el abrigo, tomé mi cartera y al salir, este encantador hombre se despidió muy gentilmente. 
Al cruzar la calle, me di cuenta que había olvidado un paquete, mejor dicho, la bolsa en que venía el paquete.  Volví al café y, rápidamente, me acerqué a la mesa, me agaché a buscar la bolsa.  La bolsa con mis compras no estaba (mi lápiz labial y mi nuevo maquillaje se habían evaporado). Pensé, ya no podré comprar todo nuevamente.  
De vuelta en mi departamento, me serví una copa de vino blanco y me comí unas almendras.  La televisión anunciaba lluvia nuevamente, para toda la semana.
Pasaron unas horas, cuando el citófono del departamento sonó, a las siete y media de la tarde.  ‒Señora, disculpe, por la hora, le traigo una bolsa que olvidó en el café.
‒Adelante, estoy en el cuarto piso.  Al abrir la puerta, me encontré con mi bolsa y todos mis productos de belleza. ¡Qué alegría! Y más alegría fue ver que el hombre encantador era el que las traía…
Fue muy bueno que  la revista Vanity Fair, a la que estoy suscrita,  y que expira el próximo mes, venía con mi nombre y dirección.









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