sábado, 10 de octubre de 2015

El enfermo con imaginación


La llegada es a las 21:30 horas, es mi turno habitual.  Hay días que me vengo en bus y los otros me trae mi hijo Roberto, cuando tiene tiempo, después de su trabajo.  Levantarme en las mañanas no es mi fuerte.  No soy madrugadora, pero por mi trabajo debo adaptarme a los horarios de mis pacientes.  Ellos son los que limitan mi tiempo.  Un tiempo en el cual recorro vidas, intuyo pesadillas y alegrías. Es la paciencia de escuchar con felicidad y tranquilidad.  No alterar su ánimo, todo lo contrario, proporcionar una mano y oído amigo, para una persona que cautivó, fue niño, adolescente, adulto y hoy recubre una sabia serenidad, que da el tiempo, que da la vida.

Don Tomás con mas de noventa año, repite versos, canta sus melodías preferidas mientras le pongo su inyección.  Recorre la  historia como libro abierto, y me habla de la Revolución Francesa con detalles; de la Primera y Segunda Guerra Mundial, de la Ruta de la Seda, de la caída del Imperio Otomano y, por supuesto, sus escritores preferidos:  Stendhal, Proust, Hemingway, Faulkner, Victor Hugo y, ahora último, de Camilla Lackberg; ya que su curiosidad no termina, la novela negra se ha convertido en uno de sus pasatiempos preferidos (ahora le tenemos a una señora para que le venga a leer en las tardes).  En las mañanas, después de vestirlo lo llevo al living, lo acomodo bien en su asiento y, vestido siempre con su chaqueta de tweed y corbata, leemos el diario.  Me comenta que las materias primas están a la baja en la Bolsa de Metales de Londres.  Mientras su cabeza se traslada a su juventud y me pregunta por su prima Elena.  Luego llama a su Madre para que lo acompañe.  Ya podemos continuar con las noticias, me interrumpe:  ¿Por qué la Municipalidad todavía no repara las veredas?

Ya ha llegado el fin de mi turno. No he dormido mucho, porque Don Tomás habló incoherencias durante la noche. Hay un glorioso amanecer y una taza de café con leche me despiertan, dejo atrás de esa puerta una vida de un hombre que, en su vulnerabilidad, me ha enseñado lo que es la perseverancia, la dignidad, tolerancia y la comprensión.  Su buena voluntad ha traspasado mis espacios mas sensibles, me ha enseñado que claudicar no está en su vocabulario y que con amor y generosidad podemos transformar nuestras vidas.