lunes, 24 de octubre de 2016

HABLAMOS LUEGO SOMOS


Me ha tocado encontrarme con almas maravillosas estos últimos días, seres como el cuidador de auto que tiene una pequeña discapacidad, lo que lo hace ver matices de la vida que uno deja pasar en un soplo al viento.  Ese viento que brinda tormentas y, luego, el sol brilla para darnos fuerza y emprender el vuelo.  Julito, emprende su vuelo con una sonrisa dulce y acogedora, siempre con un "es un gusto verla"; "que tenga un buen día".  Es impactante ver la desidia de muchas personas, que ante un saludo se asustan y ponen cara de alarma, pero por qué se da éste fenómeno de privar al prójimo de algo tan sutil, maravilloso y enriquecedor como es saludar y despedirse con cortesía.  Si pensamos más profundamente, el no saludar, no tener una palabra, un gesto de amabilidad hacen que nuestra vida se convierta en una "zona de desagrado" y como efecto dominó va siendo acatado en masa, dejando entrever una apatía en la crítica de "somos maleducados".  Nos quedamos en rezongos y la vida sigue en la misma "zona de indolencia ciudadana".  No se respeta su lado para caminar, caminan en bloques, nadie da el paso a una persona mayor, los coches de los bebés son autos formula uno, al atravesar la calle te lanzan el auto encima o aceleran cuando ven que uno pone un pie en el paso de zebra, y suma y sigue.  Pero la magia está en que podemos despedirnos de esas prácticas adquiridas por un individualismo que no atisba lo gratificante que es vivir en una sociedad que tiene respeto por el prójimo, el respeto de saludar y decir gracias; de empezar el día con una sonrisa o una cara amable, aunque nuestro día haya sido desastroso.  Hoy tuve una conversación con una señora encantadora, que a sus ochenta años me recordó lo lindo que sonaban las palabras:  "es un gusto" y "es un placer".
Fomentemos palabras armoniosas.