En la era actual, donde el ritmo vertiginoso en que vivimos diariamente nos abstrae de muchas de las cosas que son anheladas, nos preguntamos cómo poder atrapar los momentos, ya que muchas veces se evaporan en el camino, y la ruta que seguimos, sin querer, nos empuja a un tiempo que no parece disponible en nuestra vida actual. Porque requiere de un ritmo que absorbe tanto que los días pasan sin ser realmente percibidos por nuestro Ser, sino absorbidos por la red digital que, con un click, nos muestra que todo está al alcance de la mano. Es por todo lo anterior que los Juegos Olímpicos 2024, celebrados en París, pusieron un freno amistoso, generoso y festivo durante unas semanas, donde lo vertiginoso de la sociedad calmó el espíritu no solo de quienes tuvieron la oportunidad de asistir al evento, sino también de los miles de espectadores en todo el mundo que se regocijaron de felicidad. Fue como vivir en ese zepelín volando por los parajes de Francia, atesorando la llama olímpica que iluminó a los excelsos deportistas y a las personas que acudieron a vitorear a sus connacionales, quienes portaban el orgullo, honor y tradición de cada país participante. Rodeados de la majestuosidad que ofrece París, la voz de los asistentes a los Juegos Olímpicos retumbó en las catacumbas y el río Sena. Y así brotó la llama olímpica más importante de la sociedad: la generosidad del Ser humano.
Los Juegos Olímpicos nos dejaron un vacío, y es porque nuestras jornadas cotidianas suelen estar exentas de estos gloriosos momentos de unión entre diferentes personas que atraviesan nuestro pasar. Y es por eso mismo que nos encapsulamos nuevamente en nuestra realidad cotidiana. Otro capítulo que se escribe por horas y que muchas veces nos deja invisibles ante los ojos de otras personas con las que cruzamos en la vida. Una invisibilidad que se hace presente en momentos como ir a un restaurante y ni siquiera decir una palabra a la persona que nos atiende. No fijarnos en casi ningún detalle de los que nos rodean porque los auriculares están reproduciendo nuestra canción preferida, mientras una paloma come migas en la plaza que vamos cruzando. Nos rodeamos de cuerpos que van y vienen, mientras nuestro Ser permanece en modo avión. Y cuando lo desactivamos, miramos y observamos personas y paisajes que antes fueron borrados por la necesidad de la inmediatez del mundo en que circulamos. Atrapados por el destino digital, que es fundamental para el mundo en que vivimos, nos ahogamos en mensajes y memes que no nos dejan mirar el “ciruelo en flor”, mientras un “click” encierra la vida misma.
Como reflexionaba Montaigne en sus "Ensayos", en su tiempo la vida no estaba dominada por la prisa o la necesidad de acumular, sino por una forma más tranquila de ser, aunque no necesariamente más simple, con todo lo que conlleva el vivir. Sin embargo, la urgencia del Ser no había sido reemplazada por la urgencia de Tener. Actualmente, el reconocimiento del “Ser viral” acusa la vigencia de que nuestro Ser ha sido desplazado por la inmediatez, lo que muchas veces esconde nuestras debilidades tras máscaras digitales; y no hace más que evitar el encuentro genuino que nos deja a la intemperie emocional.
Sin embargo, durante estos recientes Juegos Olímpicos, hemos sido testigos de un renacimiento de la conexión humana. París, como escenario de esta fiesta global, nos ha recordado lo que significa pertenecer a una comunidad, honrar el sacrificio y celebrar el espíritu de competencia justa y respeto. Los atletas, embajadores de sus naciones, no solo han competido por la gloria personal, sino que han representado los valores y la historia de sus tierras con orgullo. Y, en un giro característico de nuestra época, muchos de ellos inmortalizaron sus momentos con selfies al final de sus competiciones, capturando no solo la victoria o la derrota, sino también el espíritu de camaradería y respeto que define a los Juegos.
El París de Hemingway, donde la invisibilidad se deja ver en sus ojos y luego plasmada en sus palabras, aquel “París era una Fiesta” nos vuelve a intrigar por un paseo por los Jardines de las Tullerías. Aquella fiesta perpetua, donde la vida era una celebración continua, ha revivido en cada encuentro olímpico. Las calles se transformaron en escenarios donde la rivalidad se purificó a través del respeto y la admiración mutua. Los atletas no solo corrieron, saltaron o lanzaron; también compartieron sonrisas, abrazos, y, por supuesto, esas selfies que inmortalizan no solo un instante, sino una emoción compartida.
Grecia, cuna de la civilización occidental y del espíritu olímpico, dejó esa llama olímpica aclamando el paso del tiempo. Mientras la Victoria de Samotracia, majestuosa en el Louvre, parecía resonar con el estruendo de alegría de los espectadores, su energía vibrando bajo la galería del museo, triangulada por la icónica pirámide de cristal. En ese espacio, el pasado y el presente se entrelazaron, y la escultura, símbolo del triunfo, se convirtió en un eco de la gloria que los Juegos Olímpicos aspiran a alcanzar.
Esta fiesta olímpica no fue solo una competición; fue un respiro para la humanidad. Nos recordó que, más allá de la inmediatez y la desconexión que nos aquejan diariamente, existe un lugar donde la paz, la sagacidad y la comprensión prevalecen. Por unos breves momentos, el mundo se detuvo en su marcha frenética, y las naciones, a través de sus atletas, comunicaron algo más profundo que la mera victoria: la celebración de la condición humana, con sus sacrificios, su honor y su eterna búsqueda de la grandeza.
En estos Juegos, el Ser humano se hizo visible nuevamente, a través de una humilde sonrisa. La invisibilidad que nos envolvía se disipó, y en su lugar surgió una comunidad global que, aunque efímera, nos mostró lo que es posible cuando recordamos lo que realmente nos une: el anhelo de superarnos, de conectarnos y de celebrar, juntos, la vida misma.
©Carolina Paton 2024


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