Llega el verano y la casa se vuelve inventario. Uno abre la biblioteca a buscar una cosa y encuentra otra: los libros que compró con entusiasmo, dejó en segunda fila y olvidó ahí durante años. Un lomo que casi no reconozco. Una portada que alguna vez prometió algo.
Así apareció La casa de Eld, de Robert Louis Stevenson.
Cuatro relatos del mismo hombre que inventó al doctor Jekyll y a Mr. Hyde. Sus personajes gravitan entre lo maligno y lo divino, entre el sueño y la crónica realista, y ninguno pisa suelo firme por mucho rato.
Me quedo con su manera de contar. Un estilo sobrio, sin adorno, que avanza. Y las descripciones de los personajes: dos líneas y ya sabemos cómo respira alguien, cómo miente, qué esconde. Stevenson dibuja rápido y acierta. Encima tiene humor, algo que la solemnidad de estos asuntos suele espantar.
En la playa, con la brisa y las olas resonando debajo de cada página.
A veces el hallazgo no ocurre en la librería sino en el propio estante, donde el libro esperó a que aprendiéramos a leerlo.
Comentarios
Publicar un comentario